Recuerdo que tuve una compañera de trabajo
que al pasar de los 29 a los 30 estaba malhumorada, no quería ni que se la
felicitara, y cada vez que descubría una cana en su morena cabellera todos los
que estábamos alrededor y por supuesto no habíamos reparado en el pelo blanco,
nos enterábamos del suceso cual información de las noticias.
Me hace gracia haber tenido que calcular
exactamente cuántos años tengo. Me surgió la duda por las notificaciones de
alguna red social, y al ver mi propio perfil ponía un año más de los que
realmente tengo, así que he hecho las cuentas, a ver si me estaba quitando un
año (uno no anda por ahí diciendo la edad que tiene cada dos por tres). No,
todo correcto, sigo teniendo los mismos años que creía que tenía la semana
pasada.
Como si cumplir años fuese malo. A mí lo que
me hace mayor es ver crecer a mis hijos, los kilos de más, las oportunidades
perdidas, los sueños pendientes. Pero mi aspecto, para bien o para mal, pocas
veces me ha condicionado. Soy muy afortunado en muchos aspectos y tengo una
pareja más que comprensiva en éste otro.
Sí que me sentó mal que con trece años yendo
a comer con mis padres al servirme me llamasen “señor”. De verdad, ¿SEÑOR?, es
que no lo entendía. Todavía tenía pelo que peinar, jovencito, de buen ver.
Bueno, supongo que fue coletilla de la señora que nos servía, pero me pilló a
contrapié. No sé si por altura, por seriedad o por madurez, pero sí que estaba
habituado a que los niños más pequeños que yo, o mis iguales cuando no me
conocían, me echaran algún añito de más. Nunca me importó.
Y éste fin de semana pasado se deslizó el
mismo tema en una presentación (espero que no te siente mal si lo lees, Sonia)
y me hizo bastante gracia que la que solo tenía 39 años fuese una pipiola.
Pocas veces he entendido lo de la crisis de los cuarenta. Tampoco desde el
punto de vista laboral, ya que yo opino que es una etapa muy rica en unión de
una experiencia suficiente, y una vitalidad que puede dar muchos frutos. No me
parece ni justo ni fundamentado.
No os he dicho mi edad (aunque la mayoría la
sabéis). Ésta mañana al terminar una conversación con un cliente una compañera
me ha dicho que tengo voz de locutor, y tan contento. El que no se consuela es
porque no quiere.