Justificar el trabajo. No tengo claro si es un síndrome empresarial de la cultura latina o si solo sucede en España, pero desde luego es para mí la explicación más sensata a la falta de productividad tan lacerante que vivimos.
Nos quejamos de la crisis, pero la realidad es que los empresarios y la mayoría de los políticos se están descojonando de nosotros en nuestra cara. Los más creídos y bien pensantes esperábamos que el descalabro económico trajese nuevas formas de hacer las cosas, que las empresas se replanteasen sus modelos de crecimiento y que el ansia de crecimiento y enriquecimiento rápido diese paso a la redistribución del poder, a un mejor reparto de los recursos y a una racionalización del trabajo y los horarios.
Todo lo contrario. Asistimos al timo perpetuado de cómo los ejecutivos de las empresas del IBEX 35 son hoy mucho más ricos que ayer, pero sus empleados son más pobres. Antes tener trabajo te garantizaba cierta dignidad, una manera de subsistir de forma decente incluso creer que te podías comprar una casa, un coche, la tele grande (a Trainspotting me remito).
No solo no aprendemos sino que la práctica es desalentadora. No me refiero a los autónomos y pymes de 2 o 10 empleados, que son los que realmente levantan el país y para colmo junto con los asalariados soportan la carga fiscal más fuerte. Hablo de los jefes y los currantes, de las empresas más o menos grandes donde lo que más abunda es el descontrol, y me da igual el ejemplo que se me ponga de gestión.
Todos los que hemos estado en alguna oficina más o menos grande conocemos al trabajador que se esfuerza, que está en su sitio, intentando ser lo más profesional posible, y al que no se le reconoce, lo se le recompensa, y cuando se equivoca en lugar de animarle a aprender y reconocer el error como algo natural, se le reprende de manera pública, notoria, y cuanto más vejatoria mejor para el que se las da de jefe (que no siempre lo es); Y todos hemos visto trabajadores agobiados con cargas inhumanas y a los que se les pide “un esfuerzo adicional” a cambio de nada (las horas extras retribuidas, ese fenómeno paranormal digno del Doctor Iker del Oso)
Pero el fenómeno más alucinante es el contrario. En toda empresa hay alguien que no se sabe qué hace, porque normalmente no hace nada, solo aparenta que trabaja, o que da órdenes, tiene despacho y una retribución poco acorde con su valía y que su mayor logro es haber llegado a la empresa cuando era pequeña y estaba empezando y está en ese puesto porque sí, o ser amigo de otro jefe que le ha puesto a dedo.
El directivo es alguien que no se preocupa por bajar al barro, por saber cómo trabajan sus empleados, sus inquietudes o sus dificultades en el día a día. La ruptura con el trabajador es una brecha tan grande o más que los salarios. No se controla, no se conoce, no importa cómo.
Justificar el trabajo y aun peor, justificar las horas baldías que se pasan en las oficinas sin hacer absolutamente nada o aparentando que se trabaja es nuestra particular lacra. No descubro nada nuevo. Somos uno de los países europeos que más horas pasa en la oficina y cuyo rendimiento es inversamente proporcional a ese número de horas. Nos sentimos culpables porque tenemos un convenio que nos exige trabajar X número de horas al año, y ello nos impone un horario difícil de conciliar con la familia, con el ocio, con el estudio, o con lo que sea que nos apetezca hacer cuando salimos.
Ni nos merecemos que nuestros hijos tengan unos padres ajenos a sus vidas, ni unos jefes ajenos a las nuestras. Hay que redistribuir el trabajo, la riqueza, la seriedad y la profesionalidad.
La crisis no es solo económica, es una crisis de prioridades. Qué poco nos gusta aprender de los errores.