martes, 19 de agosto de 2014

Ocio y Negocio

Justificar el trabajo. No tengo claro si es un síndrome empresarial de la cultura latina o si solo sucede en España, pero desde luego es para mí la explicación más sensata a la falta de productividad tan lacerante que vivimos.

Nos quejamos de la crisis, pero la realidad es que los empresarios y la mayoría de los políticos se están descojonando de nosotros en nuestra cara. Los más creídos y bien pensantes esperábamos que el descalabro económico trajese nuevas formas de hacer las cosas, que las empresas se replanteasen sus modelos de crecimiento y que el ansia de crecimiento y enriquecimiento rápido diese paso a la redistribución del poder, a un mejor reparto de los recursos y a una racionalización del trabajo y los horarios.

Todo lo contrario. Asistimos al timo perpetuado de cómo los ejecutivos de las empresas del IBEX 35 son hoy mucho más ricos que ayer, pero sus empleados son más pobres. Antes tener trabajo te garantizaba cierta dignidad, una manera de subsistir de forma decente incluso creer que te podías comprar una casa, un coche, la tele grande (a Trainspotting me remito).

No solo no aprendemos sino que la práctica es desalentadora. No me refiero a los autónomos y pymes de 2 o 10 empleados, que son los que realmente levantan el país y para colmo junto con los asalariados soportan la carga fiscal más fuerte. Hablo de los jefes y los currantes, de las empresas más o menos grandes donde lo que más abunda es el descontrol, y me da igual el ejemplo que se me ponga de gestión.

Todos los que hemos estado en alguna oficina más o menos grande conocemos al trabajador que se esfuerza, que está en su sitio, intentando ser lo más profesional posible, y al que no se le reconoce, lo se le recompensa, y cuando se equivoca en lugar de animarle a aprender y reconocer el error como algo natural, se le reprende de manera pública, notoria, y cuanto más vejatoria mejor para el que se las da de jefe (que no siempre lo es); Y todos hemos visto trabajadores agobiados con cargas inhumanas y a los que se les pide “un esfuerzo adicional” a cambio de nada (las horas extras retribuidas, ese fenómeno paranormal digno del Doctor Iker del Oso)

Pero el fenómeno más alucinante es el contrario. En toda empresa hay alguien que no se sabe qué hace, porque normalmente no hace nada, solo aparenta que trabaja, o que da órdenes, tiene despacho  y una retribución poco acorde con su valía y que su mayor logro es haber llegado a la empresa cuando era pequeña y estaba empezando y está en ese puesto porque sí, o ser amigo de otro jefe que le ha puesto a dedo.

El directivo es alguien que no se preocupa por bajar al barro, por saber cómo trabajan sus empleados, sus inquietudes o sus dificultades en el día a día. La ruptura con el trabajador es una brecha tan grande o más que los salarios. No se controla, no se conoce, no importa cómo.

Justificar el trabajo y aun peor, justificar las horas baldías que se pasan en las oficinas sin hacer absolutamente nada o aparentando que se trabaja es nuestra particular lacra. No descubro nada nuevo. Somos uno de los países europeos que más horas pasa en la oficina y cuyo rendimiento es inversamente proporcional a ese número de horas. Nos sentimos culpables porque tenemos un convenio que nos exige trabajar X número de horas al año, y ello nos impone un horario difícil de conciliar con la familia, con el ocio, con el estudio, o con lo que sea que nos apetezca hacer cuando salimos.

Ni nos merecemos que nuestros hijos tengan unos padres ajenos a sus vidas, ni unos jefes ajenos a las nuestras. Hay que redistribuir el trabajo, la riqueza, la seriedad y la profesionalidad.

La crisis no es solo económica, es una crisis de prioridades. Qué poco nos gusta aprender de los errores.

martes, 5 de agosto de 2014

Canciones



Son muchas las películas y relatos que hablan de “Nuestra canción”. Ya sean de amor o la canción favorita de alguien, es algo que parta mí resulta muy difícil escrutar.

Al igual con los grupos o cantantes de preferencia de cada uno. Los momentos personales, las etapas de la vida, los sucesos concretos del día a día, pueden marcar los gustos de cada cual de muchas maneras distintas. Y la forma de pensar también. Pese a reconocer que algún artista pueda tener buenas canciones puntuales, para mí el artista debe ser bueno y además parecerlo, y quizá por eso les tenga tanta manía a gente como Sabina, Mecano o Antonio Vega (venga, ya podéis empezar a crucificarme: no he dicho que sean malos, he dicho que no les tengo simpatía pero tienen buenas canciones).

Ya en el post anterior avancé un poco de mí mismo, de la trayectoria y de lo que la música puede significar en mi vida. Hoy necesito concretar algo más, pero no puedo quedarme (ni creo que pueda nunca) con una sola canción, grupo o cantante.

Nombraré varias y sus por qués, con la seguridad de dejarme alguna en el tintero, bien por olvido o porque ahora no la tenga muy presente. Y también tengo en cuenta que lo que me gusta a mí no le tiene por qué gustar a los demás. La armonía y la melodía tienen sus misterios, y en ellos también está la belleza de la música. No pretendo hacer una lista de canciones imprescindibles, cada uno tendrá las suyas. Tampoco creo que vaya a innovar en exceso ni descubrir algún grupo oculto que se convierta en pelotazo mundial. Es solo lo que me gusta.

Comenzaré por la más representativa, la que me descubrió de nuevo las posibilidades de cantar y reconocer que no lo hacía mal. Un hitazo ochentero con ritmo de balada y versionado hasta la saciedad. Aunque Danza Invisible y Javier Ojeda le hayan llegado a tener una manía marcada hasta hace no mucho, que yo creo que volvieron a reconocer que era una gran canción y retomaron con más gusto en los directos. Sin duda, “Sabor de Amor” me configura, forma parte de mí y de mi propia historia de amor con mi mujer. Es un himno de otra época de melodías más dulces y menos machaconas. De recuerdos a soul y a grupos con empaque, voces bien empastadas y producciones cuidadosas.

Más o menos de la misma época y otro de los grupos que solía actuar en el antiguo auditorio del parque de atracciones de Madrid, “Alma de Blues” recorría con fuerza mi espalda y me erizaba el vello con solo escuchar el fraseo inicial de la guitarra de Juan Luis Jiménez. Al pie de la letra de la canción constaba un lacónico “A Billie Holiday” que me hizo buscar quién era esa señora, y me llevó, cómo no, a escuchar sus discos y su forma de cantar. Curiosa casualidad que precisamente hoy 05/08 publique Javier Ojeda en su blog un artículo ya publicado el día 1 en el que también mencionaba a ésta cantante de jazz de voz rota y matices tan difíciles de mostrar en una partitura. En fin, que aquella canción de Presuntos Implicados fue mi entrada al jazz más clásico con un disco recopilatorio de Count Basie, Billie Holiday, Ella Fitgerald y algún que otro monstruo como quedan pocos. A Dizzie Gillespie, Louis Armstrong o Miles Davies les investigué por mi cuenta.

Ya he contado que del amor al odio con U2 hubo solo un paso que consistió en hacer un trabajo para clase de música resumiendo un libro biográfico bastante malillo, todo hay que decirlo, pero que tenía al final todas las letras hasta la fecha del grupo (por aquel entonces el último disco era Rattle and Hum, y muchos rumores de que se habían separado). Difícil también identificar una, pero me quedo con la requetetocada “With or without you”, que también me valió para descubrir que podía cantar en inglés, y nada mal a juzgar por las reacciones de quienes me rodeaban.

Y aunque pueda parecer lo contrario por lo dicho antes, soy un amante del rock, de los riff potentes y directos de notas bien escogidas aunque no tan bien ejecutadas. Mi profesor de guitarra decía que yo tocaba la guitarra como “Raúl”, y que necesitaba tocar más como “Simeone” (no me gusta el fútbol pero el simil creo que se entenderá). Led Zeppelin y su “Whole lotta love” dan fe, así como mi hijo y su temprano gusto por el metal.

En cuanto a creatividad idolatro a ese humano tan difícil de ver como gozoso de escuchar que es Prince. En ocasiones su falta de moderación ha podido afectar a la calidad de lo que grababa, hasta el punto de hacer discos larguísimos y difíciles de escuchar, pero es innegable la capacidad bárbara de componer, tocar tropecientos instrumentos y cantar, y además hacerlo bien. Por poner una, me voy a quedar con “Get Off”, de la época de la New Power Generation, del sonido más brillante y la banda más energética, aunque es cierto que ha recuperado mucho de la grandeza de antaño, incluso se permite hacer apariciones esporádicas y en plan sorpresa acompañando a algún otro grupo en festivales de jazz o conciertos.

Hay artistas que para mí siempre han tenido un cierto halo de madurez, de riesgo, de dar la impresión de que siempre saben muy bien lo que hacen aunque sea la primera vez. Santiago Auserón y toda su trayectoria serían claro ejemplo de ello. “No más lágrimas” resulta ser tan cantable con una sola guitarra como con una orquesta sinfónica. Es alguien que nunca deja de investigar y deja una impronta distinta en quien le escucha. Parecía que Radio Futura no dejaría avanzar a Juan Perro, pero no es así, o a mí no me lo parece.

También hay espacio para el pop algo mas naif, más sencillo de escuchar y más de masas. Amaral y “Cómo hablar”, a pesar de su sencillez tanto en lo musical como en las letras, funciona, sobre todo en directo, apela a la fibra de lo que todos alguna vez hemos vivido, y se deja sentir cálidamente.

Hoy por hoy, el mayor valor y lo que me parece más difícil de conseguir es transmitir optimismo. Y hay gente que lo hace muy bien: Franz Ferdinand me parecen inconmensurables para eso, muy difíciles de batir, además de tener un directo potente, para no dejar de saltar. “Do you want you”, no digo más.

Voy a abreviar, que me está quedando un poco brasas éste post. Y lo voy a hacer con otra dosis divertida de optimismo, y por el cariño que le tengo a Conchita. “Tralará” es lo canción que más me ha hecho sonreír en mucho tiempo. Y a mi hija le encanta.

Gracias por leerme. Ya os dejo vivir tranquilos.