Día de la Inmaculada Concepción. Día festivo, de manualidades en casa con los niños, de preparar el Belén y la mochila para el día siguiente de cole. Día tranquilo al fin y al cabo.
Por la tarde reparamos en que no tenemos dinero en efectivo, así que toca hacer una visita al cajero automático. Mi hija de cinco años se viene conmigo.
Desde hace ya bastantes años mi concepto de caridad se ha venido forjando con alguna experiencia directa y algo de formación en el propio seno de Caritas. Denunciamos las estructuras de pecado, el sistema capitalista y mercantilista puro puesto que es injusto en sí, porque busca solo el beneficio máximo y no el bien de la persona. Consciente de que muchas de las acciones que se llevan a cabo al respecto son parches que la propia administración debería cubrir, y de que el mero despacho de alimentos o la moneda que se suelta no sirve de nada si no va acompañada de un seguimiento, una formación, un objetivo, una oportunidad de que el que lo recibe pueda tener los instrumentos para recuperar su dignidad, trabajo, casa.
Llegamos al cajero y hay, a las siete de la tarde, un señor en un saco de dormir, aparentemente dormido. Digo a mi hija que no haga ruido, y pasa entre asustada y compungida, mirando con toda su curiosidad a ese señor. Cuando estoy sacando el dinero nos dice que si le podemos dar algo para tomar al menos un café caliente por la mañana. Tengo 6 céntimos en el monedero, que todavía me daría más vergüenza dárselos, y el cajero solo da billetes de cincuenta. Respondo que no tengo suelto, que por eso voy a sacar.
Se me cae el alma a los pies, se me revuelve el estómago y la conciencia. No ha sido en absoluto maleducado. A pesar de su situación no parece desaseado, sino una víctima más de esta crisis-estafa. Para colmo al salir mi hija me dice que cuando tenga su cerdito lleno de monedas lo va a abrir y va a darle una moneda a cada pobre, y yo no sé cómo responder.
La duda se apodera de mí. Las estructuras que antes parecían modificables o dignificables con formación, hábitos, higiene, trabajo, ahora son dinamitadas desde la propia administración. Hay un triste poso y prejuicio que continúa culpabilizando el desheredado de su situación. Los medios de comunicación no consiguen retratar de manera ecuánime lo que sucede, mediatizados por el grupo o capital riesgo que suelta la pasta que les mantiene vivos.
Y a esos, a los pobres, a los desheredados de la tierra es a los que se les anuncia una Buena Noticia, la redención, la salvación, la esperanza.
No tengo respuestas. Hoy no. Lo hablé con mi mujer mientras cenaba, y soy consciente de que necesito darle varias vueltas, de que se me ha roto algo que hay que recomponer. Nada me hace estar seguro de que yo no podría estar en esa situación con mi mujer y mis hijos. He sido víctima de la misma estafa. Formado entre la supuesta elite, llamado a asesorar empresas, o ser abogado de éxito, reciclado permanentemente para no dejar que mi cerebro se anquilose, sin embargo sirvo al mismo demonio.
Tengo trabajo, me siento afortunado por la familia que tengo, pero no puedo dejar de sentirme como el recaudador de impuestos del Cesar. El recobro de deudas es lo que me da de comer. Sirvo a las mismas empresas que crean situaciones ante las que protesto: desahucios, embargos, inscripciones bastantes veces dudosas en los registros de morosos, incesantes llamadas telefónicas, visitas en persona. Es un negocio muy próspero en tiempos de crisis para muchas empresas, pero igual de mal pagado que los demás para los trabajadores.
Hoy no tengo respuestas. Ni para mí ni para mis hijos.
Alguien me dijo que en éstas cosas no se puede ser purista, que lo primero es mantener a mi familia. Puede ser, pero llevo tiempo queriendo cambiar, y de momento no veo salida.