Hay motivos para la esperanza. Sí. Aquí entre
la crisis, donde tu sueldo (si lo tienes) es malo y cuando intentas mejorar te
ofrecen otra cosa aun peor, donde la calle está llena de muertos andantes que
van a trabajar y vuelven a su casa, donde el individualismo es la regla máxima
y pensar en los demás y en el bien común suena a blasfemia.
La esperanza no está en los recursos
económicos. Esos ya los poseen otros y se han encargado de quedárselos para
ellos solos. La esperanza reside en otro tipo de satisfacciones que van a lo
más íntimo de cada uno de nosotros. Donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia. No me gusta caer en sentimentalismos del tipo “dale la vuelta a la
tortilla” o “esto lo arreglamos entre todos”, pero sí que reconozco que esos
mensajes consiguen despertar en mí cierta sonrisilla antes de criticar su
sensacionalismo y el que vayan a intentar tocarnos la fibra de las emociones.
Estoy contento porque cuando uno se siente
parte de algo más grande y surge algún proyecto en el que colaborar aunque sea
de manera mínima y sale adelante, aunque no te reporte beneficio económico
alguno, mejora de forma notable la percepción de las cosas.
Aunque la situación personal sea
objetivamente la misma, el sentirme parte de un grupo, de una colectividad con
la que compartir y tener en común inquietudes, preocupaciones o simples
quehaceres que disfrutar, elimina una subjetiva sensación de soledad que puede
convertirse en una losa.
Y si además, lo poco o lo mucho que haces
forma parte de un proyecto más global que está siendo reconocido como bien
hecho, te anima y te sube el ego varios enteros.
No es publicidad, pero si estáis interesados
os animo a visitar http://www.aaesi.org para saber de qué hablo. No gano nada, solo una pequeña satisfacción personal.