Todavía recuerdo con nitidez la
primera victoria de Zapatero y aquel “no nos falles” que se gritaba tras la
barbarie cometida del 11M y después de haber comprobado que el Partido Popular
era capaz de mentir a la cara de todos los ciudadanos mostrándose además
orgulloso de hacerlo. Me alegré y mucho, y por lo menos creo que esos primeros
cuatro años del PSOE fueron bastante buenos en muchos términos. Después vuelta
la burra al trigo, negar la evidencia de la crisis y hacerlo rematadamente mal
casi hicieron de Aznar un buen Presidente del Gobierno. Qué decepción. Qué
pena.
Con más nitidez e ilusión
recuerdo observar el 15M, incluso participar levemente en algunos debates,
acudir con mis hijos, pensar que era posible otra forma de encarrilar la vida
pública, la justicia, el trabajo, la conciliación. Pero eso no se tradujo en
cambios, en votos, en nada tangible, se esfumó e incluso dejó un poso amargo
para los que vimos que unos pocos lo han vuelto a utilizar para auparse por
encima de otros. Un antiguo jefe me dijo que yo era un iluso, un utópico, y
tenía razón, toda la razón.
Y pasó el tiempo y nació un libro
disco llamado “Santa María de los Indignados” donde varios cantautores y poetas
católicos aparecían para dar una versión distinta de ese Evangelio que muchas
veces se nos muestra mojigato, meapilas, calientabancos, tan bonito como inútil.
Y por primera vez un poeta me hizo llorar en un recital y albergar nuevas
esperanzas de que podríamos transformar el hastío y la indignación en
esperanza: “es la hora, es ésta hora…”
El Partido por un Mundo Más Justo
y su fraternismo ha representado para mí todo eso condensado en una posibilidad
de éxito, de llevar buenas noticias a la gente, de que no todo fuera en vano.
Soy de izquierdas desde que tengo conciencia política, y me explico: cuando era
pequeño mi padre era de derechas, y en las poquísimas ocasiones en que salía el
tema supongo que yo defendía a AP, o el PP, o como quiera que se llamara. Uno
de los hijos de un alcalde franquista tenía pocas posibilidades de ser de
izquierdas, pero en mi eso quedaba muy lejos. También soy católico desde que
nací (porque mis padres también lo eran), y un proceso posterior de conversión
me hizo ser consciente de ello y aceptar plenamente esa fe.
Siempre he tenido la suerte de
vivir en un barrio obrero, tanto con mis padres como al formar mi familia.
Pegado a la realidad, a los problemas, de un barrio que un tiempo fue marginal
y se despertó a golpe de riñón contra la heroína de los 80, las crisis de los
90, las burbujas inmobiliarias y lo que esté por venir. Estudié con
franciscanos y jesuitas y a pesar de un teórico elitismo de mi escuela y
universidad lo que yo viví fue humanidad, cercanía, formación para ser
consciente del mundo en el que vives y transformarlo por y para los demás.
Al estudiar historia
contemporánea a los 13 años intuí que un católico ha de estar comprometido
política y socialmente, que no te puedes esconder, que leer y asumir el
evangelio es mucho más que hacer buenas obras de vez en cuando, que ello
perfora tu vida de pies a cabeza. Y vino la revolución bolchevique, la
revolución industrial, saber que derecha e izquierda sólo era donde se sentaban
unos y otros en el Parlamento inglés. Y después vino la Doctrina Social de la
Iglesia, y que a León XIII le llamaran comunista igual que algunos han dicho ya
de Francisco, y supe que si bien la política no es más que un instrumento, allí
donde estés tendrá un sentido u otro. Y vi que mi lugar aquí está mucho más a
la izquierda que a la derecha, porque aunque la derecha se llame falsamente
católica no hace más que machacar al débil y quitarle de facto las
posibilidades de crecer, de darse cuenta de su dignidad, de su valía. Me sedujo
la teología de la liberación a la vez que renegué de ella por su violencia,
pero cuánta valía tenían esas palabras.
A pesar de todo, hoy 13 de junio
de 2016 estoy tristemente desencantado. Tenemos las segundas elecciones a la
vuelta de la esquina y nuestros políticos dan asco y pena, unos porque quieren
ser más salvapatrias que otros pero olvidan a la gente que les vota, otros
porque tienen chaquetas multicolores, otros porque pueden aliarse con el
mismísimo diablo para obtener una silla calentita.
No lo tengo nada, nada claro, y
más tras haberme leído sobre todo las propuestas económicas de los principales
partidos (bueno, me he saltado a UPyD y al PACMA). O más de lo mismo o promesas
que o son incumplibles, o teóricas leyes que directamente atentarían contra la
Cosntitución, la Unión Europea y sobre todo la propiedad privada. Y los
autónomos seguirán machacados levantando sus pequeños negocios a pulso, y los
trabajadores seguirán siendo despedidos por cuatro perras, y repetiremos
burbuja y aquí nadie se hace responsable…
¡Qué hartura!