lunes, 13 de junio de 2016

Desencanto

Todavía recuerdo con nitidez la primera victoria de Zapatero y aquel “no nos falles” que se gritaba tras la barbarie cometida del 11M y después de haber comprobado que el Partido Popular era capaz de mentir a la cara de todos los ciudadanos mostrándose además orgulloso de hacerlo. Me alegré y mucho, y por lo menos creo que esos primeros cuatro años del PSOE fueron bastante buenos en muchos términos. Después vuelta la burra al trigo, negar la evidencia de la crisis y hacerlo rematadamente mal casi hicieron de Aznar un buen Presidente del Gobierno. Qué decepción. Qué pena.

Con más nitidez e ilusión recuerdo observar el 15M, incluso participar levemente en algunos debates, acudir con mis hijos, pensar que era posible otra forma de encarrilar la vida pública, la justicia, el trabajo, la conciliación. Pero eso no se tradujo en cambios, en votos, en nada tangible, se esfumó e incluso dejó un poso amargo para los que vimos que unos pocos lo han vuelto a utilizar para auparse por encima de otros. Un antiguo jefe me dijo que yo era un iluso, un utópico, y tenía razón, toda la razón.

Y pasó el tiempo y nació un libro disco llamado “Santa María de los Indignados” donde varios cantautores y poetas católicos aparecían para dar una versión distinta de ese Evangelio que muchas veces se nos muestra mojigato, meapilas, calientabancos, tan bonito como inútil. Y por primera vez un poeta me hizo llorar en un recital y albergar nuevas esperanzas de que podríamos transformar el hastío y la indignación en esperanza: “es la hora, es ésta hora…”
El Partido por un Mundo Más Justo y su fraternismo ha representado para mí todo eso condensado en una posibilidad de éxito, de llevar buenas noticias a la gente, de que no todo fuera en vano. Soy de izquierdas desde que tengo conciencia política, y me explico: cuando era pequeño mi padre era de derechas, y en las poquísimas ocasiones en que salía el tema supongo que yo defendía a AP, o el PP, o como quiera que se llamara. Uno de los hijos de un alcalde franquista tenía pocas posibilidades de ser de izquierdas, pero en mi eso quedaba muy lejos. También soy católico desde que nací (porque mis padres también lo eran), y un proceso posterior de conversión me hizo ser consciente de ello y aceptar plenamente esa fe.

Siempre he tenido la suerte de vivir en un barrio obrero, tanto con mis padres como al formar mi familia. Pegado a la realidad, a los problemas, de un barrio que un tiempo fue marginal y se despertó a golpe de riñón contra la heroína de los 80, las crisis de los 90, las burbujas inmobiliarias y lo que esté por venir. Estudié con franciscanos y jesuitas y a pesar de un teórico elitismo de mi escuela y universidad lo que yo viví fue humanidad, cercanía, formación para ser consciente del mundo en el que vives y transformarlo por y para los demás.

Al estudiar historia contemporánea a los 13 años intuí que un católico ha de estar comprometido política y socialmente, que no te puedes esconder, que leer y asumir el evangelio es mucho más que hacer buenas obras de vez en cuando, que ello perfora tu vida de pies a cabeza. Y vino la revolución bolchevique, la revolución industrial, saber que derecha e izquierda sólo era donde se sentaban unos y otros en el Parlamento inglés. Y después vino la Doctrina Social de la Iglesia, y que a León XIII le llamaran comunista igual que algunos han dicho ya de Francisco, y supe que si bien la política no es más que un instrumento, allí donde estés tendrá un sentido u otro. Y vi que mi lugar aquí está mucho más a la izquierda que a la derecha, porque aunque la derecha se llame falsamente católica no hace más que machacar al débil y quitarle de facto las posibilidades de crecer, de darse cuenta de su dignidad, de su valía. Me sedujo la teología de la liberación a la vez que renegué de ella por su violencia, pero cuánta valía tenían esas palabras.

A pesar de todo, hoy 13 de junio de 2016 estoy tristemente desencantado. Tenemos las segundas elecciones a la vuelta de la esquina y nuestros políticos dan asco y pena, unos porque quieren ser más salvapatrias que otros pero olvidan a la gente que les vota, otros porque tienen chaquetas multicolores, otros porque pueden aliarse con el mismísimo diablo para obtener una silla calentita.

No lo tengo nada, nada claro, y más tras haberme leído sobre todo las propuestas económicas de los principales partidos (bueno, me he saltado a UPyD y al PACMA). O más de lo mismo o promesas que o son incumplibles, o teóricas leyes que directamente atentarían contra la Cosntitución, la Unión Europea y sobre todo la propiedad privada. Y los autónomos seguirán machacados levantando sus pequeños negocios a pulso, y los trabajadores seguirán siendo despedidos por cuatro perras, y repetiremos burbuja y aquí nadie se hace responsable…


¡Qué hartura!

miércoles, 10 de febrero de 2016

La buena voluntad no basta

Llevo desde el viernes pasado viviendo una ruptura personal definitiva que me está haciendo replantearme muchas cosas.

Desde muy pequeño he vivido imbuido en el asociacionismo, si bien no era muy consciente de ello hasta los 16 o 17 años. He pasado por un grupo scout, por tres Parroquias, Caritas, asociación Kandil, y desde hace ya unos cuatro años miembro de una asociación de padres de niños con altas capacidades.

Todo ese proceso me ha llevado a creer de una manera firme que las cosas nunca salen
“por cojones” ni por mucho que te des contra una pared tu solo a pesar de que puedas tener o no razón. El tejido asociativo es necesario para unir fuerzas, convencer, tener repercusión, apoyarse, hacer autocrítica y reconducir el camino si es necesario.

Esto me ha traído no pocos dolores de cabeza, puesto que en cualquier lugar que se junte gente, cada uno es de su padre y de su madre y todos pensamos de manera distinta. La cuestión es si estás donde debes estar, y si los fines que persigues son los mismos que el resto de los que están a tu lado, o si por el contrario tienes intereses personales más o menos confesables que te van a  desviar y van a desvirtuar primero tu presencia ahí, y si eres lo suficientemente convincente, van a hacer que ese grupo de personas empiece a tirar en direcciones opuestas.

Digo lo de “mas o menos confesables” porque es cierto que esa dirección la tomes inconscientemente o que en la realidad sepas muy bien lo que quieres hacer y estés pervirtiendo los fines de un grupo en beneficio propio.

En el seno de Caritas y Kandil es donde pude comprobar claramente que la buena voluntad (así dicha, sin mas) es insuficiente, peligrosa, incluso dañina. El “pan para hoy y hambre para mañana” se hace realidad porque creyendo que haces un bien (inmediato) llegas a causar un mal mucho mayor (posterior, a largo plazo, del que puede que tu no llegues a ver las consecuencias).

Hubo una especie de epidemia de “activismo” al que contribuyó que a no sé quién se le ocurriese la brillante idea de hacer un “carnet de voluntario”, una especie de club de los guays en el que si no estabas eras poco menos que un asocial. Parecía que si no estabas en 17 cosas a la vez no eras nadie, sin ton ni son. La consecuencia habitual es que te quemas, acabas renegando de todo y terminas por no hacer nada, porque los resultados no son ni buenos, ni inmediatos.

Para que eso suceda lo menos posible están los programas, los objetivos, los fines. Cada uno debería preguntarse “desde dónde” hace las cosas, y no “para qué”. Siempre es bueno tener una (o varias) figuras de referencia que tengan claro hacia dónde y sean capaces de reconducir situaciones que se van de madre, con mano izquierda, y que sepan reconocer cuándo están cansados para echarse a un lado y dejar que entre savia nueva, reconocer sus propios errores y rectificar de manera pública, porque no pasa nada por hacerlo.

Lo contrario crea climas enrarecidos cuando no absolutamente tóxicos.

Me echo a un lado, no compensa, no es útil ni provechoso. La última asociación a la que pertenezco me rompe porque ya ni sus actividades están programadas ni pensadas para dar respuesta ni siquiera a su nombre, ni se cuida ni mima a los que son los destinatarios primeros y últimos de su creación: los niños.

Y tengo que recurrir de nuevo a la coherencia, al contraste con otros que me permitan dilucidar si lo que yo intuyo y veo es cierto o si estoy en un error mayúsculo dado que lo que esa asociación ofrece no le va bien a mi hijo y eso podría nublar mi juicio, pero yo confío y apoyo que a otros les pueda mejorar la vida.

Y no, no tiene sentido. Palos de ciego por doquier, personalismos, pérdida de oportunidades de oro que se han brindado en bandeja para hacer visible y lanzar un mensaje claro, común, fuerte.

Me retiro a seguir formándome en este área de las altas capacidades, tan de moda pero tan difuminada en los medios, tan potencialmente buena como desdibujada en el presente, tan enriquecedora para los educadores que lo ven como molesta para los que no lo quieren ver.


No puedo dar voz a algo con lo que no estoy de acuerdo. Buscaré otros modos, otros medios, otros grupos…

domingo, 10 de enero de 2016

Papá ¿Qué es la dignidad?

Hace bien poco íbamos en el coche y mi hijo me preguntó tras leerlo en un monumento: Papá, ¿qué es la dignidad?

Así de primeras te pilla a contrapié. Él mismo sabe que es un concepto abstracto, y de ahí su pregunta. Supone o cree que tienen algo que ver con los valores pero no es capaz de darle un contenido concreto. Su pregunta está lejos de todo prejuicio, ya que las marchas de la dignidad o el movimiento del 15M le pillaron demasiado pequeño como para recordarlas, aunque fue testigo directo de las mismas.

Su madre y yo, sin ir a la definición concreta le dimos unos ejemplos con los que pareció entenderlo en parte. Y nos pareció que estaba bastante relacionado con la asertividad: hacer valer tus derechos sin tener que pisar los de otros.

Hoy intento entrar algo más en profundidad, puesto que creo que es un concepto del que se habla mucho y se acaba desnaturalizando. Al buscar la definición de modo directo me encuentro con:
“1.Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden.
2.Cualidad de la cosa que merece respeto.”

La madre del cordero… Y ahora que hemos tenido la gran pelea por las cabalgatas que no lo eran (o si), de si los magos eran reyes, o magos, o magas, o hermafroditas, o políticos disfrazados o actores que no se creían (o si) lo que estaban haciendo, cualquiera le pone el cascabel al gato, porque claro, aquí cada uno se humilla con lo que le viene en gana, y entran en juego los prejuicios, las creencias, los lavados de cerebro y la interpretaciones intencionadas.

Voy a dejar el tema de las cabalgatas porque como católico, ni fu ni fa. La Epifanía es una fiesta bastante diferente del regalar cosas.

Creo que hay opciones que tienen mayor calado, y de mucha más profundidad. Hace no mucho tuve la suerte de compartir una de esas conversaciones que surgen cada bastante tiempo, en un ambiente de retiro y de formación católica, y con alguien cuya experiencia y sentido de lo importante (y no de lo urgente) me suele superar siempre para bien. Salió por casualidad el tema de halloween y el holy wins, además de hablar del bien y del mal, y me alegró bastante ver que mi idea contrastada con bastantes personas más era refrendada por alguien de categoría. Ni por disfrazarte de monstruito en halloween estás invocando al demonio, ni por votar al pp o a podemos eres más o menos cristiano o católico. Se puede ser buena persona en cualquier sitio, solo hay que tener claro por qué haces lo que haces.

No podemos ir por ahí haciendo las cosas solo “por ir a la contra”, no debemos pontificar sobre banalidades. ¿No tenemos otra cosa que hacer que despotricar de unos trajes que, aun siendo desacertados, a los niños les ha dado francamente lo mismo porque ellos estaban viendo a los reyes magos? ¿No será que nos molestan cosas que si nos paramos a pensar fríamente no tendrían ni que inmutarnos? ¿De verdad nuestra fe depende de cómo nos vistamos o de que salgamos a la calle de una u otra manera a manifestarnos? ¿No será que utilizamos todo eso para no mirar dentro y reconocer algo de nosotros mismos que no nos gusta?

Somos unos intransigentes de tomo y lomo, porque además no solemos consentir que alguien cambie de opinión (y todo el mundo está en su derecho de hacerlo) y atacamos con toda la artillería hasta intentar influir en lo personal cuando alguien ha hecho algo por virtud de su cargo público. Y la prensa más interesada que nunca según quién sea su propietario no ayuda nada a esclarecer de qué va la vaina. Cuánta confusión.

Creo que dignidad es seguir tu vida hasta al final, con sus planteamientos, aun a la contra, o siguiendo la marea, pero siempre sabiendo qué, y sabiendo explicar el qué.


Al menos espero poder explicárselo a mi hijo, con la cabeza muy muy alta.