viernes, 18 de julio de 2014

FunckoRocker



La música es mi pasión y mi debilidad. Mi fuerza y mi talón de Aquiles. En muchas ocasiones he defendido que cada momento tiene su leit motiv como potenciador o difuminador de los sentimientos y sensaciones. Así como llegué también a aborrecer el solfeo y la simple contemplación de las teclas de un piano.  La música ha sido una presencia constante en mi vida.

Cuando era pequeño mi padre jugaba a ponerme piezas musicales clásicas y a reconocerlas. Sin tener una excesiva formación musical, mi padre era un enamorado de la zarzuela, a la que se denomina de forma muy injusta como género chico. Rara era la reunión familiar en que estuviese con alguno de sus hermanos en la que no se arrancaran a cantar algo, aunque fuesen canciones de anuncios antiguos de radio o televisión.

Ni siquiera recuerdo cómo o por qué entré a estudiar solfeo y piano. La elección de instrumento fue algo natural. Recuerdo de manera emocionante el día que  mis padres y yo fuimos al Real Musical de Majadahonda a elegir qué piano comprar junto con con Don Olegario, aquel maestro de música al que todos los alumnos que pasamos por sus manos recordamos de manera emotiva, y cuya aula en el colegio mantiene su nombre aunque no tenga una placa a la entrada que lo diga para todos. No es posible recordarle sin esbozar una sonrisa al recordar sus gestos y cómo hacía sonar la pianola diciéndonos que era “la bruja piruja”.

De manera paralela transcurrían mis veranos en Cáceres, aburrido al sofocante calor de una ciudad espectacular y bella, a la par que soporífera para cualquier niño. Mis tres primos, mayores que yo, pasábamos horas interminables disfrutando del mero hecho de desenvolver un casette virgen y que me grabaran discos que me gustaban de su colección. Así comencé a tener contacto con Supertramp, Phil Collins, Mark Knopfler, Eric Clapton, Fletwood Mac, por destacar los primeros que me vienen a la mente y con mucha probabilidad los más destacados de aquella época.

Mi curiosidad, la radio y los todavía buenos programas musicales de la televisión como la Bola de Cristal o Rockopop hizo el resto. Nunca me negué a escuchar nada aunque a priori no me gustase. Jamás le negué a un músico o grupo la capacidad de sorprenderme a pesar de que su imagen o el single machacón de turno no me agradasen o no me convenciesen. Nos cambiábamos cintas para escuchar y grabar en el colegio, y por aquel entonces todavía existían las tiendas especializadas en música (que eran la mayoría), cuyos dependientes te atendían de forma amable y que eran capaces de orientar tus gustos según lo que demandaras. Podías ser más valiente y decir “sorpréndeme”, y llevarte a casa algo desconocido para tus entendederas.

No llego al afán de Javier Ojeda de comprar un disco por semana, pero sí que uno al mes era la media. Y buscaba lo que fuese algo diferente, que no tuviese todo el mundo (lo que tenía todo el mundo ya estaba grabado en cinta). Se fue ampliando el espectro y descubrí a Prince, a Led Zeppelin, Ottis Redding, Sam Cooke, Steve Vai, Joe Satriani, Extreme, Sangre Azul.

El caso más representativo de un grupo que me sorprendió como un aldabonazo fue U2. Me molestaba el aire de super guays y el latazo que dieron con “Desire”, eran el grupo pijo y mesiánico por excelencia. Con todo y con eso mi amigo Roberto me convenció para presentar un trabajo en la asignatura de música sobre el grupo. Y ahí que fuimos dispuestos a empaparnos de todo. Él tenía los discos en vinilo (tener padres jóvenes y hermanos mayores era un plus), y yo leí los libros, me aprendí las canciones, las empecé a cantar.

Y perdí el miedo a cantar. De todas las clases de solfeo la que más odiaba con diferencia era la de arrepentización. A pesar de mi buen oído, tenía pavor a los agudos y eso me hizo pasar desapercibido mucho tiempo. Las canciones del grupo Scout, la Parroquia, Danza Invisible o U2 se encargaron de demostrarme lo contrario. Que no sólo podía cantar lo que me gustaba sino que hacerlo gustaba a los demás.

El piano dio paso a la guitarra y mis quebraderos de cabeza para entender un instrumento versátil y puñetero, cuyo trastero no consigo aprenderme.

Amo la música. Amo y admiro a los músicos. Me parece digna de admiración la vida en la carretera, la inseguridad de no saber si tu trabajo gustará o no, si tu música será reconocida y si podrás tener suficientes bolos como para asegurar tu supervivencia económica.

La más abstracta de las artes, la más difícil de dominar (al menos en mi opinión), la que más sentimientos puede provocar. Adoro a gente como Javier Ojeda, capaces de reinventarse y de tocar palos distintos sin perder su personalidad. A una siempre emotiva y capaz de hacerme llorar como Soledad Jiménez, también reinventada y en constante camino. A guitarristas, pianistas, violinistas, poetas.

No quiero aburriros, solo mostraros que no entiendo la vida sin música.

viernes, 4 de julio de 2014

Asertividad, eufemismos y maneras de no decir las cosas



Estuvo un tiempo muy de moda la asertividad. La comunicación asertiva. Y como todo lo que se pone de moda degeneró. Mucho.
La definición que he podido leer y que más me convence es ésta: “Capacidad de expresar exactamente lo que se quiere, sin ánimo de insultar al otro y sin despertar en él sentimientos de miedo u hostilidad”
Si nos atenemos a esa definición de asertividad, se trata de una habilidad social para la que hay que ser bastante fino. Uno tiene que ser capaz de expresarse con la corrección justa como para decir lo que quiere decir, pero sin herir al otro. Afirmar su derecho y su capacidad de comunicarse y decir lo que quiere, pero sin vulnerar los derechos del otro. Ésta es una facultad que debería estar mucho mejor valorada, ya que por exceso, o por defecto, se pervierte el lenguaje o catalogamos como asertivo algo que no lo es.
El más habitual por excesivo suele ser el de “es que las verdades duelen, pero yo soy así”. Mira, pues no, tu lo que tienes es una sensibilidad nula y ganas de imponer la que tú crees que es tú verdad.
Sin embargo, lo más extendido es lo contrario. Nos hemos habituado a utilizar un lenguaje vacío, que no comunica, que dice cosas sin expresar nada, a prostituir vocablos y a suavizar cosas que no necesitan ser minimizadas.
Creo que el periodismo, sobre todo el visual, tiene mucha parte de culpa de esto. Resulta que en todas las noticias judiciales hay un “presunto”, aunque haya imágenes en las que se ve quién ha sido y cómo le clava un puñal a otro. Ése no es un presunto autor. Es el autor, y otra cosa diferente será que se le pueda condenar por ello o no.
De aquí a inventarse eufemismos de forma constante va solo un paso. Un eufemismo vendría a ser una manifestación mas suave de ideas que de otro modo podrían parecer duras o malsonantes. En resumen, que reblandecemos nuestra forma de hablar en una mala previsión de que el otro pueda sentirse ofendido por algo que todavía no hemos dicho. Le negamos al diálogo la capacidad de negociación, de aclarar lo que hemos dicho a través del debate, de la discusión sincera y tranquila, de los argumentos con hilo, de hablar con el otro aunque nos caiga mal haciendo esfuerzos por empatizar y ponernos en su lugar.
La consecuencia es que nos polarizamos. O nos convertimos en unos maleducados que nos creemos en posesión de la verdad, y para colmo llamamos maleducados a los demás, o somos unos vainillas que usamos un lenguaje pacato, blandengue, y acabamos poniendo diminutivos a todo como el Señor Flanders.
Me cuesta mucho asumir que la gente que se suponen a sí mismos como bien formados no use el lenguaje de forma precisa y correcta. Me asusta el nivel de errores que se publican con absoluta tranquilidad, fruto de las prisas y del no contrastar ni la información ni su continente.
Se puede ser asertivo y llamar a las cosas por su nombre. No hace falta ser un Quijote o ir por ahí de abanderado de los que intentan romper tabúes. Solo decir las cosas como son.
Saber envejecer es bello, no hace falta disfrazarlo de “tercera edad”. Un negro siempre será negro (y si toma el sol más), y no existe eufemismo más desafortunado que el de “persona de color” (porque el negro no es un color, es la ausencia de color). Pablo Iglesias o Podemos no son ETA, y ETA era ETA y no el Frente de Liberación Vasco.
Por lo menos al tal Grey, aunque sea infumable desde el punto de vista literario, le debemos que muchos ya sean capaces de decir “follar” sin pedir perdón, o sin la doble moral de leerlo y decirlo en privado pero recriminarlo en público.
El castellano es un lenguaje muy rico y cada vocablo tiene unas connotaciones u otras según se usen. Y en eso me empeño como ejercicio de seriedad y honestidad conmigo mismo.
Así os vais haciendo a la idea de mi forma de expresarme. Nada más, y nada menos.

miércoles, 2 de julio de 2014

No, eso no, así no



Como dice aquel en “Las Brujas de Zugarramurdi”, no, yo no sé cómo, pero así no se hacen las cosas.
Me hace hasta gracia que ya llevemos 7 años de crisis económica y que todavía tengamos que bregar contra muchos prejuicios cuando se produce un desahucio.
En concreto la cosa viene de la noticia del viernes 27 de junio. Se realiza el desalojo de una vivienda en San Fermín, barrio que pertenece al distrito de Usera en Madrid, por el impago de una hipoteca de Kutxabank. Pongo la reseña en Facebook y un amigo me dice: “¿tanta policía en San Fermín? No es posible”
Y es cierto. Ni la inseguridad, ni las peleas nocturnas, ni los conciertos, ni los eventos de la Caja Mágica, ni aunque todos los vecinos llamemos a la policía por teléfono porque estamos viendo una agresión en plena puerta del metro han sido capaces nunca de provocar que tanto policía por metro cuadrado se juntara en este barrio.
¿Para qué? Para la guerra preventiva. Va por delante mi respeto absoluto al triste trabajo que en muchas ocasiones tienen que realizar los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. No todo es blanco o negro. Pero alguien en las altas esferas está empeñado en que ésto no se vea, no se extienda, o se hable de otras cosas. Y no, aunque lleves uniforme no te debes reir de las situaciones ajenas y en la cara de la gente. Y sí, sabemos que tu sueldo también es una mierda, pero hay trabajos bastante menos agradecidos y peor pagados. Eres un representante del poder público y estás obligado a hacerlo bien.
Menudo marrón tiene la comisión judicial que va a ejecutar el desalojo. Me imagino a mi padre o a mi madre que estuvieron trabajando muchos años de su vida dedicados a la Administración de Justicia, teniendo que acompañar al Secretario Judicial para cumplir lo dictado por el Sr. Juez, y se me cae todo. Se me caen los ánimos, se me cae la humanidad del sistema (que por ser sistema es en sí poco humano), se cae la coherencia del proceso que desemboca en semejante barbaridad.
Todo comienza en la oficina de turno de cualquier sucursal, póngase Kutxa, BBVA, La Caixa o perico de los palotes. Tu o yo detrás una mesa, atendiendo al cliente, tienes que cumplir con un “objetivo comercial”, es decir, tienes que colocar a quien sea y como sea un número determinado de hipotecas, cuentas, planes de pensiones, fondos, warrants, acciones y quien sabe qué mas. Todo para que no solo puedas cobrar algo de incentivo que mejore tu escueta nómina de fin de mes, sino para que no te miren mal en la sucursal, o el jefe de zona, o el jefe del jefe, porque claro, no se cumplen objetivos y no se trabaja bien.
Y al cliente majete que pasa por la puerta con el sueño de comprar una casita se la endosas doblada, con la connivencia de las tasadoras que dicen que su piso vale un cojón, la sonrisa del notario que con tal de cobrar su arancel no va a mirar si toda la transacción es en a o en b, y la ayudita que le das para que, ya que se pone, el muchach@ pueda amueblar la casa, comprarse un coche y tener algo de cash, que total 50.000 € más a 40 años no se notan tanto en la letra del mes. No importa que no sea indefinido, todos con la experiencia mejoran de trabajo y de sueldo. Da igual que la cuota sea más del 60% de sus ingresos, que como gana 3.000 € lo podrá pagar… Ja, y ja , y ja.
Y el sistema se desmorona. Y el muchach@ pierde el trabajo, y las casas no se venden, y el Euribor sube y la cuota no hay quien la pague. Y aunque luego el Euribor baja, aquello ya se ha desmandado. Para colmo cierran la oficina en la que tenía la hipoteca, el banco se fusiona, no te mandan ni una carta y cuando consigues saber cómo coño se llama tu banco ahora, al ir a preguntar allí nadie sabe nada, y como la hipoteca se ha dejado de pagar está ya en manos de abogados.
Y te da igual si ahora puedes pagar todo o parte de lo que antes era tu cuota mensual. Ni que hayas estado ingresando dinero en la cuenta para al menos que no se te acumulen tantos intereses de demora. Tu casa ahora vale una mierda y le debes un pastizal al banco o caja de turno, que se lo va a adjudicar en una subasta que es un paripé, no vas a cubrir la deuda, te quedas sin casa y además le sigues debiendo pasta al banco. A la puta calle con tu mujer y tus hijos. Y para colmo da gracias de no tener empleo, porque si tienes nómina te la van a embargar de por vida. Todo muy racional.
Pues muy bien. Que siga la fiesta de los anormales. Dan ganas de quemar la Ley empezando por el Código Civil (uno responde de sus deudas con sus bienes presentes y futuros, grabado a fuego lo tengo) y continuar por el sistema bancario.
Mucho se hablaba antes del sistema penitenciario español y el estado de las prisiones. ¿Es que condenar a alguien a vivir en la miseria por una deuda no es más grave que meterle entre rejas?
Ya otro día nos metemos con las Plataformas de Afectados por la Hipoteca, los brokers, las comisiones, los morosos profesionales y las empresas de recobro (que risa tía Felisa)
Por hoy ya vale ¿no?