La música es mi pasión y mi
debilidad. Mi fuerza y mi talón de Aquiles. En muchas ocasiones he defendido
que cada momento tiene su leit motiv como potenciador o difuminador de los
sentimientos y sensaciones. Así como llegué también a aborrecer el solfeo y la
simple contemplación de las teclas de un piano.
La música ha sido una presencia constante en mi vida.
Cuando era pequeño mi padre
jugaba a ponerme piezas musicales clásicas y a reconocerlas. Sin tener una
excesiva formación musical, mi padre era un enamorado de la zarzuela, a la que
se denomina de forma muy injusta como género chico. Rara era la reunión
familiar en que estuviese con alguno de sus hermanos en la que no se arrancaran
a cantar algo, aunque fuesen canciones de anuncios antiguos de radio o
televisión.
Ni siquiera recuerdo cómo o por
qué entré a estudiar solfeo y piano. La elección de instrumento fue algo
natural. Recuerdo de manera emocionante el día que mis padres y yo fuimos al Real Musical de
Majadahonda a elegir qué piano comprar junto con con Don Olegario, aquel
maestro de música al que todos los alumnos que pasamos por sus manos recordamos
de manera emotiva, y cuya aula en el colegio mantiene su nombre aunque no tenga
una placa a la entrada que lo diga para todos. No es posible recordarle sin
esbozar una sonrisa al recordar sus gestos y cómo hacía sonar la pianola
diciéndonos que era “la bruja piruja”.
De manera paralela transcurrían
mis veranos en Cáceres, aburrido al sofocante calor de una ciudad espectacular
y bella, a la par que soporífera para cualquier niño. Mis tres primos, mayores
que yo, pasábamos horas interminables disfrutando del mero hecho de desenvolver
un casette virgen y que me grabaran discos que me gustaban de su colección. Así
comencé a tener contacto con Supertramp, Phil Collins, Mark Knopfler, Eric
Clapton, Fletwood Mac, por destacar los primeros que me vienen a la mente y con
mucha probabilidad los más destacados de aquella época.
Mi curiosidad, la radio y los
todavía buenos programas musicales de la televisión como la Bola de Cristal o
Rockopop hizo el resto. Nunca me negué a escuchar nada aunque a priori no me
gustase. Jamás le negué a un músico o grupo la capacidad de sorprenderme a
pesar de que su imagen o el single machacón de turno no me agradasen o no me
convenciesen. Nos cambiábamos cintas para escuchar y grabar en el colegio, y
por aquel entonces todavía existían las tiendas especializadas en música (que
eran la mayoría), cuyos dependientes te atendían de forma amable y que eran
capaces de orientar tus gustos según lo que demandaras. Podías ser más valiente
y decir “sorpréndeme”, y llevarte a casa algo desconocido para tus
entendederas.
No llego al afán de Javier Ojeda
de comprar un disco por semana, pero sí que uno al mes era la media. Y buscaba
lo que fuese algo diferente, que no tuviese todo el mundo (lo que tenía todo el
mundo ya estaba grabado en cinta). Se fue ampliando el espectro y descubrí a
Prince, a Led Zeppelin, Ottis Redding, Sam Cooke, Steve Vai, Joe Satriani,
Extreme, Sangre Azul.
El caso más representativo de un
grupo que me sorprendió como un aldabonazo fue U2. Me molestaba el aire de
super guays y el latazo que dieron con “Desire”, eran el grupo pijo y mesiánico
por excelencia. Con todo y con eso mi amigo Roberto me convenció para presentar
un trabajo en la asignatura de música sobre el grupo. Y ahí que fuimos
dispuestos a empaparnos de todo. Él tenía los discos en vinilo (tener padres
jóvenes y hermanos mayores era un plus), y yo leí los libros, me aprendí las
canciones, las empecé a cantar.
Y perdí el miedo a cantar. De
todas las clases de solfeo la que más odiaba con diferencia era la de
arrepentización. A pesar de mi buen oído, tenía pavor a los agudos y eso me
hizo pasar desapercibido mucho tiempo. Las canciones del grupo Scout, la
Parroquia, Danza Invisible o U2 se encargaron de demostrarme lo contrario. Que
no sólo podía cantar lo que me gustaba sino que hacerlo gustaba a los demás.
El piano dio paso a la guitarra y
mis quebraderos de cabeza para entender un instrumento versátil y puñetero,
cuyo trastero no consigo aprenderme.
Amo la música. Amo y admiro a los
músicos. Me parece digna de admiración la vida en la carretera, la inseguridad
de no saber si tu trabajo gustará o no, si tu música será reconocida y si
podrás tener suficientes bolos como para asegurar tu supervivencia económica.
La más abstracta de las artes, la
más difícil de dominar (al menos en mi opinión), la que más sentimientos puede provocar.
Adoro a gente como Javier Ojeda, capaces de reinventarse y de tocar palos
distintos sin perder su personalidad. A una siempre emotiva y capaz de hacerme
llorar como Soledad Jiménez, también reinventada y en constante camino. A guitarristas,
pianistas, violinistas, poetas.
No quiero aburriros, solo
mostraros que no entiendo la vida sin música.
La vida, sin música, deja de ser vida.
ResponderEliminarMe encanta tu forma de escribir: sencilla, clara y directa.
Un abrazo amigo