Estuvo un tiempo muy de moda la
asertividad. La comunicación asertiva. Y como todo lo que se pone de moda
degeneró. Mucho.
La definición que he podido leer
y que más me convence es ésta: “Capacidad de expresar exactamente lo que se
quiere, sin ánimo de insultar al otro y sin despertar en él sentimientos de
miedo u hostilidad”
Si nos atenemos a esa definición
de asertividad, se trata de una habilidad social para la que hay que ser
bastante fino. Uno tiene que ser capaz de expresarse con la corrección justa
como para decir lo que quiere decir, pero sin herir al otro. Afirmar su derecho
y su capacidad de comunicarse y decir lo que quiere, pero sin vulnerar los
derechos del otro. Ésta es una facultad que debería estar mucho mejor valorada,
ya que por exceso, o por defecto, se pervierte el lenguaje o catalogamos como
asertivo algo que no lo es.
El más habitual por excesivo
suele ser el de “es que las verdades duelen, pero yo soy así”. Mira, pues no,
tu lo que tienes es una sensibilidad nula y ganas de imponer la que tú crees
que es tú verdad.
Sin embargo, lo más extendido es
lo contrario. Nos hemos habituado a utilizar un lenguaje vacío, que no
comunica, que dice cosas sin expresar nada, a prostituir vocablos y a suavizar
cosas que no necesitan ser minimizadas.
Creo que el periodismo, sobre
todo el visual, tiene mucha parte de culpa de esto. Resulta que en todas las
noticias judiciales hay un “presunto”, aunque haya imágenes en las que se ve
quién ha sido y cómo le clava un puñal a otro. Ése no es un presunto autor. Es
el autor, y otra cosa diferente será que se le pueda condenar por ello o no.
De aquí a inventarse eufemismos
de forma constante va solo un paso. Un eufemismo vendría a ser una
manifestación mas suave de ideas que de otro modo podrían parecer duras o
malsonantes. En resumen, que reblandecemos nuestra forma de hablar en una mala
previsión de que el otro pueda sentirse ofendido por algo que todavía no hemos
dicho. Le negamos al diálogo la capacidad de negociación, de aclarar lo que
hemos dicho a través del debate, de la discusión sincera y tranquila, de los
argumentos con hilo, de hablar con el otro aunque nos caiga mal haciendo
esfuerzos por empatizar y ponernos en su lugar.
La consecuencia es que nos
polarizamos. O nos convertimos en unos maleducados que nos creemos en posesión
de la verdad, y para colmo llamamos maleducados a los demás, o somos unos
vainillas que usamos un lenguaje pacato, blandengue, y acabamos poniendo
diminutivos a todo como el Señor Flanders.
Me cuesta mucho asumir que la
gente que se suponen a sí mismos como bien formados no use el lenguaje de forma
precisa y correcta. Me asusta el nivel de errores que se publican con absoluta
tranquilidad, fruto de las prisas y del no contrastar ni la información ni su
continente.
Se puede ser asertivo y llamar a
las cosas por su nombre. No hace falta ser un Quijote o ir por ahí de
abanderado de los que intentan romper tabúes. Solo decir las cosas como son.
Saber envejecer es bello, no hace
falta disfrazarlo de “tercera edad”. Un negro siempre será negro (y si toma el
sol más), y no existe eufemismo más desafortunado que el de “persona de color”
(porque el negro no es un color, es la ausencia de color). Pablo Iglesias o
Podemos no son ETA, y ETA era ETA y no el Frente de Liberación Vasco.
Por lo menos al tal Grey, aunque
sea infumable desde el punto de vista literario, le debemos que muchos ya sean
capaces de decir “follar” sin pedir perdón, o sin la doble moral de leerlo y
decirlo en privado pero recriminarlo en público.
El castellano es un lenguaje muy
rico y cada vocablo tiene unas connotaciones u otras según se usen. Y en eso me
empeño como ejercicio de seriedad y honestidad conmigo mismo.
Así os vais haciendo a la idea de
mi forma de expresarme. Nada más, y nada menos.
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