Hoy estamos a 17 de octubre del año de nuestro Señor de 2015. Llevo ya más de una semana viendo, particularmente en Facebook, mucho más allá de la típica coña de si Halloween es un desfile de chonis frikis o los americanos van a adoptar la romería del Cristo de los faroles como tradición, y es que parece que ser español y disfrazarse la noche del 31 de octubre parece poco más o menos que un atentado contra la hispanidad, la guardia civil, el papa y los reyes católicos.
Mire usted, pues no. Cualquiera que tenga hijos (y si todavía son pequeños os voy adelantando el futuro) sabrá que hay determinadas fechas hoy por hoy en las que por el solo hecho de pertenecer a la comunidad educativa, uno está implicado quiera o no, según la medida de sus posibilidades, pero no puede escaquearse de ninguna manera. Nuestros hijos podrán ser más o menos hábiles socialmente, tener más o menos amigos, ser popularísimos o no y eso hará que les inviten a más o menos fiestas de cumpleaños. Pero hay fechas que son: Halloween, Navidad, y Carnavales (por ese orden) en las que si nuestros hijos no se disfrazan mínimamente y nosotros colaboramos con el colegio, le estamos apartando de su vida, estigmatizando, haciendo que caiga en soledad.
Hagamos un poco de historia (Wikipedia y tradición del norte de España, Irlanda, y poco más): resulta que hará unos 3.000 años los Celtas ya celebraban una fiesta conocida como Samhain por el final de la cosecha, y el ponerse una máscara era para "ahuyentar" a los espíritus malignos y que pasaran de largo.
Posteriormente los romanos conquistarán a éstos pueblos y adoptarán para sí la fiesta del final de la cosecha. Con la declaración del Imperio Romano como católico, mezclamos las churras con las merinas y ya tenemos el saro montado para que la gente malpensada haga de su capa un sayo, puesto que fueron precisamente los Papas Gregorio III y IV los que instauraron el día de todos los Santos para cristianizar esta fiesta.
Con la gran emigración de irlandeses (católicos en su mayoría) a América, la tradición pasa a la cultura anglosajona, y de un rito de purificación o cambio de estación pasamos a lo que hoy es una fiesta de disfraces. El término nos es más que la contracción en ingles de la "víspera de todos los Santos".
Total, que si tenemos algo que reconocer es que los americanos tienen una máquina de mercadotecnia y de hacer dinero espectacular para montar de cualquier fiesta o celebración un objeto de consumo. Pero no divertirse ese día es como no celebrar la Navidad aduciendo que los americanos han hecho de ella un objeto de comercio. En nuestras manos está celebrarlo con disfraces hechos en casa, reciclados, enseñando a nuestros hijos a no malgastar el dinero y a disfrutar de las fiestas de otra manera.
Y sí, soy católico, y con mucho orgullo celebraré Halloween, porque en el colegio de mis hijos me lo pide, porque a mis hijos les divierte, y porque ese día me disfrazaré de lo que ellos quieran junto con mi mujer, porque no hago nada malo, y además a todos los curas que conozco les hace bastante gracia.
Chim pum.
sábado, 17 de octubre de 2015
jueves, 28 de mayo de 2015
Dulces momentos, amargos desahucios.
Este último mes, y más aún la
última semana, han sido frenéticos de sensaciones, vivencias y experiencias que
merecerán ser relatadas con el sosiego del paso del tiempo. He pasado de
subsistir en una empresa con el sueldo justo y el trabajo monótono, aburrido y
con jefes intransigentes a estar en otro lugar, mejor valorado, con menos
presión, con mucho mejor ambiente de trabajo. Parece que la perseverancia ha
dado sus frutos al fin.
Es para mí un momento dulce.
Tanto que alguien de confianza se puso en contacto conmigo con la intención de
ofrecerme un puesto de trabajo en un nuevo proyecto y desde el primer momento
supe que la respuesta era no. No para mi, y no en éste momento.
Es otra cosa la que hoy me tiene
un pelín trastornado y me exaspera, porque intuyo (y tengo muchos motivos para
hacerlo) que alguien se ha aprovechado de la buena fe de bastantes personas
utilizando un drama que sigue afectando a mucha gente: los desahucios.
En general, siento bastante
respeto por los miembros de las Plataformas de Afectados por la Hipoteca, Stop
Desahucios, y otros movimientos que han conseguido que más de un banco, caja o
fondo se lo piensen antes de desahuciar a nadie, sobre todo si es su vivienda
(las segundas residencias van todas al hoyo) y tiene familia. Se han armado de
razones y han conseguido demostrar que en algunos casos las cláusulas de muchas
hipotecas eran abusivas; que pese a firmarse con un notario delante el que
firmaba no tenía ni idea de lo que estaba comprometiendo; que la cláusula suelo
te la colaban de rondón y han ganado mucho dinero con ello…
Algo se escapa. Sin dejar de ser
cierto lo que he dicho antes, si consideramos el bajonazo de precios de las
casas, el miedo reputacional de muchas entidades a que salga en prensa que han
desahuciado a nadie, y la venta que muchas entidades están haciendo a otras (fondos)
de hipotecas a precios de saldo, a veces se están enrocando en posiciones que
no son nada favorecedoras, y que acaban con la gente en la calle (cuestión de
tiempo, pero sin casa) y con deuda (la subasta no cubre el valor de lo que se
debe y te quedas con lo que resta para toda tu vida).
Se creó un parche (que no es más
que eso, un parche, por muy legal que sea) que permite a las familias en
situación de exclusión social permanecer hasta el 15 de mayo de 2017 en sus
casas sin poder desahuciarles. La casa ya es del banco, sigues teniendo deuda,
pero no te echan hasta esa fecha. Vale, ganas tiempo, pero el problema lo
tienes igual o mayor que antes, te queda una deuda por pagar y cuando llegue el
15 de junio de 2017 no tendrás dónde ir, así que estarás abocado a cometer una
ilegalidad: ocupar una casa vacía (que las hay, y muchas).
Yo les diría que presionaran
antes. Los bancos se quieren quitar las casas de encima, no quieren el
ladrillo, solo quieren dinero, y con tal de eso están ofreciendo (no todos,
también es cierto) quitas y descuentos enormes, pero nos estamos enrocando en
que la gente no puede pagar y que se queden en su casa hasta que no haya más
remedio… Creo que es un error, pero solo es mi opinión, y sí, es interesada. Yo negociaría, buscaría la forma de vender, de pedirle dinero a quien sea, con tal de quedarme en mi casa, que para eso me ha costado mi (nuestros, el mío y el de mi mujer) esfuerzo.
Mi cabreo monumental viene cuando
la semana pasada por casualidad doy con alguien en facebook que dice que le desahucian
el 28 de mayo (hoy) por una deuda de tres mil euros (punto número uno, por tres mil euros de hiupoteca no se desahucia a nadie). Y yo todo confiado me
pongo a hablar con él, a recomendarle que busque ayuda cualificada, que
presente un escrito en un sentido o en otro. No entro en los pormenores, pero
algo no cuadraba. De hecho, no cuadraba desde que ves en su muro una cuenta
publicada para hacer ingresos, y resulta que “se ha obrado el milagro” y no le
han desahuciado. No me lo creo, pero más de uno ha picado y te ha hecho algún
ingreso.
Has picado en hueso, profesional y personal, me has herido el orgullo y has creído que podías convencerme de algo que no tenía justificación.
Seguimos siendo unos ingenuos, y
un poco de orden en algunas ideas no nos vendría mal. He sido y seguiré siendo muy crítico por cómo y por qué se hacen los deshucios aquí (sobre todo hipotecarios, los de los alquileres son otro cantar), pero no voy a creerme al primero que pase o al primer medio de comunicación que me ponga cuatro imágenes sentimentaloides. Los argumentos con pruebas, y las pruebas con documentos.
¡Hala! Ya podéis empezar a darme
cera, que sé que el tema es polémico.
sábado, 14 de marzo de 2015
¿La Crisis de los Cuarenta?
Recuerdo que tuve una compañera de trabajo
que al pasar de los 29 a los 30 estaba malhumorada, no quería ni que se la
felicitara, y cada vez que descubría una cana en su morena cabellera todos los
que estábamos alrededor y por supuesto no habíamos reparado en el pelo blanco,
nos enterábamos del suceso cual información de las noticias.
Me hace gracia haber tenido que calcular
exactamente cuántos años tengo. Me surgió la duda por las notificaciones de
alguna red social, y al ver mi propio perfil ponía un año más de los que
realmente tengo, así que he hecho las cuentas, a ver si me estaba quitando un
año (uno no anda por ahí diciendo la edad que tiene cada dos por tres). No,
todo correcto, sigo teniendo los mismos años que creía que tenía la semana
pasada.
Como si cumplir años fuese malo. A mí lo que
me hace mayor es ver crecer a mis hijos, los kilos de más, las oportunidades
perdidas, los sueños pendientes. Pero mi aspecto, para bien o para mal, pocas
veces me ha condicionado. Soy muy afortunado en muchos aspectos y tengo una
pareja más que comprensiva en éste otro.
Sí que me sentó mal que con trece años yendo
a comer con mis padres al servirme me llamasen “señor”. De verdad, ¿SEÑOR?, es
que no lo entendía. Todavía tenía pelo que peinar, jovencito, de buen ver.
Bueno, supongo que fue coletilla de la señora que nos servía, pero me pilló a
contrapié. No sé si por altura, por seriedad o por madurez, pero sí que estaba
habituado a que los niños más pequeños que yo, o mis iguales cuando no me
conocían, me echaran algún añito de más. Nunca me importó.
Y éste fin de semana pasado se deslizó el
mismo tema en una presentación (espero que no te siente mal si lo lees, Sonia)
y me hizo bastante gracia que la que solo tenía 39 años fuese una pipiola.
Pocas veces he entendido lo de la crisis de los cuarenta. Tampoco desde el
punto de vista laboral, ya que yo opino que es una etapa muy rica en unión de
una experiencia suficiente, y una vitalidad que puede dar muchos frutos. No me
parece ni justo ni fundamentado.
No os he dicho mi edad (aunque la mayoría la
sabéis). Ésta mañana al terminar una conversación con un cliente una compañera
me ha dicho que tengo voz de locutor, y tan contento. El que no se consuela es
porque no quiere.
lunes, 23 de febrero de 2015
Pequeñas Satisfacciones
Hay motivos para la esperanza. Sí. Aquí entre
la crisis, donde tu sueldo (si lo tienes) es malo y cuando intentas mejorar te
ofrecen otra cosa aun peor, donde la calle está llena de muertos andantes que
van a trabajar y vuelven a su casa, donde el individualismo es la regla máxima
y pensar en los demás y en el bien común suena a blasfemia.
La esperanza no está en los recursos
económicos. Esos ya los poseen otros y se han encargado de quedárselos para
ellos solos. La esperanza reside en otro tipo de satisfacciones que van a lo
más íntimo de cada uno de nosotros. Donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia. No me gusta caer en sentimentalismos del tipo “dale la vuelta a la
tortilla” o “esto lo arreglamos entre todos”, pero sí que reconozco que esos
mensajes consiguen despertar en mí cierta sonrisilla antes de criticar su
sensacionalismo y el que vayan a intentar tocarnos la fibra de las emociones.
Estoy contento porque cuando uno se siente
parte de algo más grande y surge algún proyecto en el que colaborar aunque sea
de manera mínima y sale adelante, aunque no te reporte beneficio económico
alguno, mejora de forma notable la percepción de las cosas.
Aunque la situación personal sea
objetivamente la misma, el sentirme parte de un grupo, de una colectividad con
la que compartir y tener en común inquietudes, preocupaciones o simples
quehaceres que disfrutar, elimina una subjetiva sensación de soledad que puede
convertirse en una losa.
Y si además, lo poco o lo mucho que haces
forma parte de un proyecto más global que está siendo reconocido como bien
hecho, te anima y te sube el ego varios enteros.
No es publicidad, pero si estáis interesados
os animo a visitar http://www.aaesi.org para saber de qué hablo. No gano nada, solo una pequeña satisfacción personal.
lunes, 2 de febrero de 2015
A tumba abierta
En ocasiones tengo la sensación
de que no hay freno, de que la vida te arroya y tienes pocos instrumentos para
parar, para reflexionar y tomar el control, de que la improvisación es el único
instrumento y posibilidad de lucha coherente con los acontecimientos
cotidianos, ya que cualquier tipo de plan a medio plazo es dinamitado en el más
corto plazo imaginable, y con difícil encaje en las salidas que uno había
pensado.
A perro flaco todo son pulgas, y
la gripe se alía con la decrepitud laboral para no darme respiro y situarme en
un sin vivir continuo, una vorágine de ir y venir compatibilizando ratos de
cama con hacer de chófer de mis hijos al asalto de una a otra actividad, de un
colegio a otro, y la casa sin barrer.
No ayuda que mi trabajo sea
monótono, aburrido, improductivo y mal remunerado, que cualquier niño de trece
años sería capaz de hacer con apenas 15 minutos de formación. Y no me vale lo
de “al menos tienes trabajo” ni la excusa de la crisis económica. Se me acaba
la paciencia, se me ocurren miles de alternativas para amortizar las absurdas
horas pasadas en el trabajo, fundamentalmente con mi mujer y con mis hijos.
Apretar tornillos durante toda la jornada me parecería más útil.
La semana pasada escuchaba en la
radio una curiosa manera de decir que no hay trabajo. Resulta que ahora hay
“actividad”, pero no remunerada, no hay trabajo para todos. Mire usted, no hay
quien lo entienda. O es una triquiñuela para justificar a los de siempre o lo
de la revolución digital se me escapa de las manos.
Al menos uno tiene la impresión
de estar bien considerado por compañeros y amigos, de que mantener la
honestidad y la integridad, ser fiel a los principios de uno mismo y seguir
formándose y esperanzado dará resultado en algún momento.
Surgen proyectos, te proponen
cosas, que ayudan a mantenerme ocupado, pero que no solucionan ni el síndrome
del padre ausente ni la dependencia económica. Más bien al contrario, me
empiezo a agobiar en mis propios conocimientos y en mi buenismo por ayudar a los
demás.
¿Será que no sé decir que no?
viernes, 2 de enero de 2015
Sinestesia y Arte
Según la Wikipedia, sinestesia sería la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo.
Traigo semejante definición que a muchos les resultará extrañísima, porque ayer noche, mientras leía un artículo de Almudena Grandes reparé en que si conozco el género del autor de lo que estoy leyendo, tiendo a recrearlo en mi cabeza con voz de mujer u hombre, según se trate. Esto es una mera asociación, y si bien no había reparado hasta la fecha en ello, me recordó una de esas agradables e inesperadas conversaciones que dejan huella en la memoria.
Coincidí tras un curso de canto y tomando la preceptiva cerveza posterior, con una profesora de dibujo de secundaria (junto con su pareja, mi mujer, y Angelines, que da unos cursos que recomiendo desde ya). Comenzamos a hablar de arte, del interés de mis hijos por aprender a dibujar, de la música, y de cómo se despertó en mi la pasión por la pintura expresionista y abstracta tras ser un ávido lector enamorado del teatro, y dar con un profesor de Historia del Arte que consiguió abrir un mundo hasta la fecha inexplorado.
Estaba en COU (lo que hoy sería 2º de Bachillerato), y Don Julio nos recomendó visitar en el Reina Sofía una exposición de artistas de vanguardia que se llamó “Cocido y Crudo”, así como diferentes libros sobre arte de los que yo elegí “De los Espiritual en el Arte” de Wassily Vasílievich Kandinsky, con la suerte de que al inicio del siguiente año hubo una exposición sobre Piet Mondrian y el propio Kandinsky en la Fundación Mapfre.
En “De lo Espiritual en el Arte”, Kandinsky realiza un ejercicio didáctico en el que explica y realiza símiles entre diferentes tonalidades de colores y los sonidos y timbres de los instrumentos, lo que al menos a mí me ayudó mucho a entender la pintura abstracta y el lenguaje pictórico en sí.
Se me abrió la mente, comencé a contemplar las artes como un todo muy difícil de separar (si acaso la danza se me escapa un poco más) y que deberían ofrecerse de una manera conjunta más a menudo, para facilitar el paso de una a otra.
Es aquí donde vuelvo a aquella cálida conversación y el descubrimiento del término “sinestesia”. Resulta que sí, que hay personas que cuando ven un color escuchan un sonido, o que en determinadas circunstancias al tocar algo notan un sabor distinto. En un suceso neurofisiológico, que curiosamente se acentúa con la depresión, y que puede llegar a ser patológico, pero que al menos, en lo que al arte respecta, parece enriquecer mucho la experiencia sensitiva. Me resultó muy interesante, muy poco nombrado al contrario que otro tipo de fenómenos de éste tipo, y que al menos ayer recordé con cariño y me apetecía escribirlo.
Os deseo un 2015 lleno de arte, en cualquiera de sus expresiones.
Traigo semejante definición que a muchos les resultará extrañísima, porque ayer noche, mientras leía un artículo de Almudena Grandes reparé en que si conozco el género del autor de lo que estoy leyendo, tiendo a recrearlo en mi cabeza con voz de mujer u hombre, según se trate. Esto es una mera asociación, y si bien no había reparado hasta la fecha en ello, me recordó una de esas agradables e inesperadas conversaciones que dejan huella en la memoria.
Coincidí tras un curso de canto y tomando la preceptiva cerveza posterior, con una profesora de dibujo de secundaria (junto con su pareja, mi mujer, y Angelines, que da unos cursos que recomiendo desde ya). Comenzamos a hablar de arte, del interés de mis hijos por aprender a dibujar, de la música, y de cómo se despertó en mi la pasión por la pintura expresionista y abstracta tras ser un ávido lector enamorado del teatro, y dar con un profesor de Historia del Arte que consiguió abrir un mundo hasta la fecha inexplorado.
Estaba en COU (lo que hoy sería 2º de Bachillerato), y Don Julio nos recomendó visitar en el Reina Sofía una exposición de artistas de vanguardia que se llamó “Cocido y Crudo”, así como diferentes libros sobre arte de los que yo elegí “De los Espiritual en el Arte” de Wassily Vasílievich Kandinsky, con la suerte de que al inicio del siguiente año hubo una exposición sobre Piet Mondrian y el propio Kandinsky en la Fundación Mapfre.
En “De lo Espiritual en el Arte”, Kandinsky realiza un ejercicio didáctico en el que explica y realiza símiles entre diferentes tonalidades de colores y los sonidos y timbres de los instrumentos, lo que al menos a mí me ayudó mucho a entender la pintura abstracta y el lenguaje pictórico en sí.
Se me abrió la mente, comencé a contemplar las artes como un todo muy difícil de separar (si acaso la danza se me escapa un poco más) y que deberían ofrecerse de una manera conjunta más a menudo, para facilitar el paso de una a otra.
Es aquí donde vuelvo a aquella cálida conversación y el descubrimiento del término “sinestesia”. Resulta que sí, que hay personas que cuando ven un color escuchan un sonido, o que en determinadas circunstancias al tocar algo notan un sabor distinto. En un suceso neurofisiológico, que curiosamente se acentúa con la depresión, y que puede llegar a ser patológico, pero que al menos, en lo que al arte respecta, parece enriquecer mucho la experiencia sensitiva. Me resultó muy interesante, muy poco nombrado al contrario que otro tipo de fenómenos de éste tipo, y que al menos ayer recordé con cariño y me apetecía escribirlo.
Os deseo un 2015 lleno de arte, en cualquiera de sus expresiones.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)