lunes, 29 de diciembre de 2014

Dimes y diretes



Somos chismosos. Nos mola que nos den cera, y repartirla a diestro y siniestro sin importarnos muchas veces si lo que decimos o no es cierto, sino solo con el ánimo de quedarnos a gusto.

Ésta sería una práctica incluso sana, si no fuera porque podemos herir, y mucho, a bastantes personas que nos rodean.

En éstas fiestas navideñas no falta la cena o comida familiar en la que algún tema escabroso salte y se haga añicos el clima de aparente fraternidad.

Puedo entender discusiones sobre si alguien tiene razón o no en alguna cuestión en la que se cuenten con más o menos datos, razonamientos o motivos. Pero ¿tener razón en que alguien te cae mal? ¿De verdad nos creemos lo que sale en Sálvame y que los motivos que alguien tiene para discutir con otro porque sí están fundados?

No puedo. No tiene sentido. No hay motivos por los que se pueda determinar por qué alguien te cae mejor o peor, ni si te has enamorado de una u otra persona, o si tienes química con algún familiar sí y con otro no. Pero al que no le guste, o no tenga esa química, o sienta la imperiosa necesidad de criticar, lo mejor que le queda es callarse, poner buena cara y a otra cosa mariposa.

Se llama “saber estar”, y es una cuestión tan lógica como de sentido común y educación. No hacerlo es, cuando menos, de una prepotencia y autosuficiencia que linda la tontería, y te hace quedar bastante solo.
Guardemos las formas. Ya habrá tiempo y excusas para tirarnos los trastos a la cabeza.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Un pobre en un cajero

Día de la Inmaculada Concepción. Día festivo, de manualidades en casa con los niños, de preparar el Belén y la mochila para el día siguiente de cole. Día tranquilo al fin y al cabo.
Por la tarde reparamos en que no tenemos dinero en efectivo, así que toca hacer una visita al cajero automático. Mi hija de cinco años se viene conmigo.
Desde hace ya bastantes años mi concepto de caridad se ha venido forjando con alguna experiencia directa y algo de formación en el propio seno de Caritas.  Denunciamos las estructuras de pecado, el sistema capitalista y mercantilista puro puesto que es injusto en sí, porque busca solo el beneficio máximo y no el bien de la persona. Consciente de que muchas de las acciones que se llevan a cabo al respecto son parches que la propia administración debería cubrir, y de que el mero despacho de alimentos o la moneda que se suelta no sirve de nada si no va acompañada de un seguimiento, una formación, un objetivo, una oportunidad de que el que lo recibe pueda tener los instrumentos para recuperar su dignidad, trabajo, casa.
Llegamos al cajero y hay, a las siete de la tarde, un señor en un saco de dormir, aparentemente dormido. Digo a mi hija que no haga ruido, y pasa entre asustada y compungida, mirando con toda su curiosidad a ese señor. Cuando estoy sacando el dinero nos dice que si le podemos dar algo para tomar al menos un café caliente por la mañana. Tengo 6 céntimos en el monedero, que todavía me daría más vergüenza dárselos, y el cajero solo da billetes de cincuenta. Respondo que no tengo suelto, que por eso voy a sacar.
Se me cae el alma a los pies, se me revuelve el estómago y la conciencia. No ha sido en absoluto maleducado. A pesar de su situación no parece desaseado, sino una víctima más de esta crisis-estafa. Para colmo al salir mi hija me dice que cuando tenga su cerdito lleno de monedas lo va a abrir y va a darle una moneda a cada pobre, y yo no sé cómo responder. La duda se apodera de mí. Las estructuras que antes parecían modificables o dignificables con formación, hábitos, higiene, trabajo, ahora son dinamitadas desde la propia administración. Hay un triste poso y prejuicio que continúa culpabilizando el desheredado de su situación. Los medios de comunicación no consiguen retratar de manera ecuánime lo que sucede, mediatizados por el grupo o capital riesgo que suelta la pasta que les mantiene vivos. Y a esos, a los pobres, a los desheredados de la tierra es a los que se les anuncia una Buena Noticia, la redención, la salvación, la esperanza.
No tengo respuestas. Hoy no. Lo hablé con mi mujer mientras cenaba, y soy consciente de que necesito darle varias vueltas, de que se me ha roto algo que hay que recomponer. Nada me hace estar seguro de que yo no podría estar en esa situación con mi mujer y mis hijos. He sido víctima de la misma estafa. Formado entre la supuesta elite, llamado a asesorar empresas, o ser abogado de éxito, reciclado permanentemente para no dejar que mi cerebro se anquilose, sin embargo sirvo al mismo demonio.
Tengo trabajo, me siento afortunado por la familia que tengo, pero no puedo dejar de sentirme como el recaudador de impuestos del Cesar. El recobro de deudas es lo que me da de comer. Sirvo a las mismas empresas que crean situaciones ante las que protesto: desahucios, embargos, inscripciones bastantes veces dudosas en los registros de morosos, incesantes llamadas telefónicas, visitas en persona. Es un negocio muy próspero en tiempos de crisis para muchas empresas, pero igual de mal pagado que los demás para los trabajadores.
Hoy no tengo respuestas. Ni para mí ni para mis hijos. Alguien me dijo que en éstas cosas no se puede ser purista, que lo primero es mantener a mi familia. Puede ser, pero llevo tiempo queriendo cambiar, y de momento no veo salida.

martes, 19 de agosto de 2014

Ocio y Negocio

Justificar el trabajo. No tengo claro si es un síndrome empresarial de la cultura latina o si solo sucede en España, pero desde luego es para mí la explicación más sensata a la falta de productividad tan lacerante que vivimos.

Nos quejamos de la crisis, pero la realidad es que los empresarios y la mayoría de los políticos se están descojonando de nosotros en nuestra cara. Los más creídos y bien pensantes esperábamos que el descalabro económico trajese nuevas formas de hacer las cosas, que las empresas se replanteasen sus modelos de crecimiento y que el ansia de crecimiento y enriquecimiento rápido diese paso a la redistribución del poder, a un mejor reparto de los recursos y a una racionalización del trabajo y los horarios.

Todo lo contrario. Asistimos al timo perpetuado de cómo los ejecutivos de las empresas del IBEX 35 son hoy mucho más ricos que ayer, pero sus empleados son más pobres. Antes tener trabajo te garantizaba cierta dignidad, una manera de subsistir de forma decente incluso creer que te podías comprar una casa, un coche, la tele grande (a Trainspotting me remito).

No solo no aprendemos sino que la práctica es desalentadora. No me refiero a los autónomos y pymes de 2 o 10 empleados, que son los que realmente levantan el país y para colmo junto con los asalariados soportan la carga fiscal más fuerte. Hablo de los jefes y los currantes, de las empresas más o menos grandes donde lo que más abunda es el descontrol, y me da igual el ejemplo que se me ponga de gestión.

Todos los que hemos estado en alguna oficina más o menos grande conocemos al trabajador que se esfuerza, que está en su sitio, intentando ser lo más profesional posible, y al que no se le reconoce, lo se le recompensa, y cuando se equivoca en lugar de animarle a aprender y reconocer el error como algo natural, se le reprende de manera pública, notoria, y cuanto más vejatoria mejor para el que se las da de jefe (que no siempre lo es); Y todos hemos visto trabajadores agobiados con cargas inhumanas y a los que se les pide “un esfuerzo adicional” a cambio de nada (las horas extras retribuidas, ese fenómeno paranormal digno del Doctor Iker del Oso)

Pero el fenómeno más alucinante es el contrario. En toda empresa hay alguien que no se sabe qué hace, porque normalmente no hace nada, solo aparenta que trabaja, o que da órdenes, tiene despacho  y una retribución poco acorde con su valía y que su mayor logro es haber llegado a la empresa cuando era pequeña y estaba empezando y está en ese puesto porque sí, o ser amigo de otro jefe que le ha puesto a dedo.

El directivo es alguien que no se preocupa por bajar al barro, por saber cómo trabajan sus empleados, sus inquietudes o sus dificultades en el día a día. La ruptura con el trabajador es una brecha tan grande o más que los salarios. No se controla, no se conoce, no importa cómo.

Justificar el trabajo y aun peor, justificar las horas baldías que se pasan en las oficinas sin hacer absolutamente nada o aparentando que se trabaja es nuestra particular lacra. No descubro nada nuevo. Somos uno de los países europeos que más horas pasa en la oficina y cuyo rendimiento es inversamente proporcional a ese número de horas. Nos sentimos culpables porque tenemos un convenio que nos exige trabajar X número de horas al año, y ello nos impone un horario difícil de conciliar con la familia, con el ocio, con el estudio, o con lo que sea que nos apetezca hacer cuando salimos.

Ni nos merecemos que nuestros hijos tengan unos padres ajenos a sus vidas, ni unos jefes ajenos a las nuestras. Hay que redistribuir el trabajo, la riqueza, la seriedad y la profesionalidad.

La crisis no es solo económica, es una crisis de prioridades. Qué poco nos gusta aprender de los errores.

martes, 5 de agosto de 2014

Canciones



Son muchas las películas y relatos que hablan de “Nuestra canción”. Ya sean de amor o la canción favorita de alguien, es algo que parta mí resulta muy difícil escrutar.

Al igual con los grupos o cantantes de preferencia de cada uno. Los momentos personales, las etapas de la vida, los sucesos concretos del día a día, pueden marcar los gustos de cada cual de muchas maneras distintas. Y la forma de pensar también. Pese a reconocer que algún artista pueda tener buenas canciones puntuales, para mí el artista debe ser bueno y además parecerlo, y quizá por eso les tenga tanta manía a gente como Sabina, Mecano o Antonio Vega (venga, ya podéis empezar a crucificarme: no he dicho que sean malos, he dicho que no les tengo simpatía pero tienen buenas canciones).

Ya en el post anterior avancé un poco de mí mismo, de la trayectoria y de lo que la música puede significar en mi vida. Hoy necesito concretar algo más, pero no puedo quedarme (ni creo que pueda nunca) con una sola canción, grupo o cantante.

Nombraré varias y sus por qués, con la seguridad de dejarme alguna en el tintero, bien por olvido o porque ahora no la tenga muy presente. Y también tengo en cuenta que lo que me gusta a mí no le tiene por qué gustar a los demás. La armonía y la melodía tienen sus misterios, y en ellos también está la belleza de la música. No pretendo hacer una lista de canciones imprescindibles, cada uno tendrá las suyas. Tampoco creo que vaya a innovar en exceso ni descubrir algún grupo oculto que se convierta en pelotazo mundial. Es solo lo que me gusta.

Comenzaré por la más representativa, la que me descubrió de nuevo las posibilidades de cantar y reconocer que no lo hacía mal. Un hitazo ochentero con ritmo de balada y versionado hasta la saciedad. Aunque Danza Invisible y Javier Ojeda le hayan llegado a tener una manía marcada hasta hace no mucho, que yo creo que volvieron a reconocer que era una gran canción y retomaron con más gusto en los directos. Sin duda, “Sabor de Amor” me configura, forma parte de mí y de mi propia historia de amor con mi mujer. Es un himno de otra época de melodías más dulces y menos machaconas. De recuerdos a soul y a grupos con empaque, voces bien empastadas y producciones cuidadosas.

Más o menos de la misma época y otro de los grupos que solía actuar en el antiguo auditorio del parque de atracciones de Madrid, “Alma de Blues” recorría con fuerza mi espalda y me erizaba el vello con solo escuchar el fraseo inicial de la guitarra de Juan Luis Jiménez. Al pie de la letra de la canción constaba un lacónico “A Billie Holiday” que me hizo buscar quién era esa señora, y me llevó, cómo no, a escuchar sus discos y su forma de cantar. Curiosa casualidad que precisamente hoy 05/08 publique Javier Ojeda en su blog un artículo ya publicado el día 1 en el que también mencionaba a ésta cantante de jazz de voz rota y matices tan difíciles de mostrar en una partitura. En fin, que aquella canción de Presuntos Implicados fue mi entrada al jazz más clásico con un disco recopilatorio de Count Basie, Billie Holiday, Ella Fitgerald y algún que otro monstruo como quedan pocos. A Dizzie Gillespie, Louis Armstrong o Miles Davies les investigué por mi cuenta.

Ya he contado que del amor al odio con U2 hubo solo un paso que consistió en hacer un trabajo para clase de música resumiendo un libro biográfico bastante malillo, todo hay que decirlo, pero que tenía al final todas las letras hasta la fecha del grupo (por aquel entonces el último disco era Rattle and Hum, y muchos rumores de que se habían separado). Difícil también identificar una, pero me quedo con la requetetocada “With or without you”, que también me valió para descubrir que podía cantar en inglés, y nada mal a juzgar por las reacciones de quienes me rodeaban.

Y aunque pueda parecer lo contrario por lo dicho antes, soy un amante del rock, de los riff potentes y directos de notas bien escogidas aunque no tan bien ejecutadas. Mi profesor de guitarra decía que yo tocaba la guitarra como “Raúl”, y que necesitaba tocar más como “Simeone” (no me gusta el fútbol pero el simil creo que se entenderá). Led Zeppelin y su “Whole lotta love” dan fe, así como mi hijo y su temprano gusto por el metal.

En cuanto a creatividad idolatro a ese humano tan difícil de ver como gozoso de escuchar que es Prince. En ocasiones su falta de moderación ha podido afectar a la calidad de lo que grababa, hasta el punto de hacer discos larguísimos y difíciles de escuchar, pero es innegable la capacidad bárbara de componer, tocar tropecientos instrumentos y cantar, y además hacerlo bien. Por poner una, me voy a quedar con “Get Off”, de la época de la New Power Generation, del sonido más brillante y la banda más energética, aunque es cierto que ha recuperado mucho de la grandeza de antaño, incluso se permite hacer apariciones esporádicas y en plan sorpresa acompañando a algún otro grupo en festivales de jazz o conciertos.

Hay artistas que para mí siempre han tenido un cierto halo de madurez, de riesgo, de dar la impresión de que siempre saben muy bien lo que hacen aunque sea la primera vez. Santiago Auserón y toda su trayectoria serían claro ejemplo de ello. “No más lágrimas” resulta ser tan cantable con una sola guitarra como con una orquesta sinfónica. Es alguien que nunca deja de investigar y deja una impronta distinta en quien le escucha. Parecía que Radio Futura no dejaría avanzar a Juan Perro, pero no es así, o a mí no me lo parece.

También hay espacio para el pop algo mas naif, más sencillo de escuchar y más de masas. Amaral y “Cómo hablar”, a pesar de su sencillez tanto en lo musical como en las letras, funciona, sobre todo en directo, apela a la fibra de lo que todos alguna vez hemos vivido, y se deja sentir cálidamente.

Hoy por hoy, el mayor valor y lo que me parece más difícil de conseguir es transmitir optimismo. Y hay gente que lo hace muy bien: Franz Ferdinand me parecen inconmensurables para eso, muy difíciles de batir, además de tener un directo potente, para no dejar de saltar. “Do you want you”, no digo más.

Voy a abreviar, que me está quedando un poco brasas éste post. Y lo voy a hacer con otra dosis divertida de optimismo, y por el cariño que le tengo a Conchita. “Tralará” es lo canción que más me ha hecho sonreír en mucho tiempo. Y a mi hija le encanta.

Gracias por leerme. Ya os dejo vivir tranquilos.

viernes, 18 de julio de 2014

FunckoRocker



La música es mi pasión y mi debilidad. Mi fuerza y mi talón de Aquiles. En muchas ocasiones he defendido que cada momento tiene su leit motiv como potenciador o difuminador de los sentimientos y sensaciones. Así como llegué también a aborrecer el solfeo y la simple contemplación de las teclas de un piano.  La música ha sido una presencia constante en mi vida.

Cuando era pequeño mi padre jugaba a ponerme piezas musicales clásicas y a reconocerlas. Sin tener una excesiva formación musical, mi padre era un enamorado de la zarzuela, a la que se denomina de forma muy injusta como género chico. Rara era la reunión familiar en que estuviese con alguno de sus hermanos en la que no se arrancaran a cantar algo, aunque fuesen canciones de anuncios antiguos de radio o televisión.

Ni siquiera recuerdo cómo o por qué entré a estudiar solfeo y piano. La elección de instrumento fue algo natural. Recuerdo de manera emocionante el día que  mis padres y yo fuimos al Real Musical de Majadahonda a elegir qué piano comprar junto con con Don Olegario, aquel maestro de música al que todos los alumnos que pasamos por sus manos recordamos de manera emotiva, y cuya aula en el colegio mantiene su nombre aunque no tenga una placa a la entrada que lo diga para todos. No es posible recordarle sin esbozar una sonrisa al recordar sus gestos y cómo hacía sonar la pianola diciéndonos que era “la bruja piruja”.

De manera paralela transcurrían mis veranos en Cáceres, aburrido al sofocante calor de una ciudad espectacular y bella, a la par que soporífera para cualquier niño. Mis tres primos, mayores que yo, pasábamos horas interminables disfrutando del mero hecho de desenvolver un casette virgen y que me grabaran discos que me gustaban de su colección. Así comencé a tener contacto con Supertramp, Phil Collins, Mark Knopfler, Eric Clapton, Fletwood Mac, por destacar los primeros que me vienen a la mente y con mucha probabilidad los más destacados de aquella época.

Mi curiosidad, la radio y los todavía buenos programas musicales de la televisión como la Bola de Cristal o Rockopop hizo el resto. Nunca me negué a escuchar nada aunque a priori no me gustase. Jamás le negué a un músico o grupo la capacidad de sorprenderme a pesar de que su imagen o el single machacón de turno no me agradasen o no me convenciesen. Nos cambiábamos cintas para escuchar y grabar en el colegio, y por aquel entonces todavía existían las tiendas especializadas en música (que eran la mayoría), cuyos dependientes te atendían de forma amable y que eran capaces de orientar tus gustos según lo que demandaras. Podías ser más valiente y decir “sorpréndeme”, y llevarte a casa algo desconocido para tus entendederas.

No llego al afán de Javier Ojeda de comprar un disco por semana, pero sí que uno al mes era la media. Y buscaba lo que fuese algo diferente, que no tuviese todo el mundo (lo que tenía todo el mundo ya estaba grabado en cinta). Se fue ampliando el espectro y descubrí a Prince, a Led Zeppelin, Ottis Redding, Sam Cooke, Steve Vai, Joe Satriani, Extreme, Sangre Azul.

El caso más representativo de un grupo que me sorprendió como un aldabonazo fue U2. Me molestaba el aire de super guays y el latazo que dieron con “Desire”, eran el grupo pijo y mesiánico por excelencia. Con todo y con eso mi amigo Roberto me convenció para presentar un trabajo en la asignatura de música sobre el grupo. Y ahí que fuimos dispuestos a empaparnos de todo. Él tenía los discos en vinilo (tener padres jóvenes y hermanos mayores era un plus), y yo leí los libros, me aprendí las canciones, las empecé a cantar.

Y perdí el miedo a cantar. De todas las clases de solfeo la que más odiaba con diferencia era la de arrepentización. A pesar de mi buen oído, tenía pavor a los agudos y eso me hizo pasar desapercibido mucho tiempo. Las canciones del grupo Scout, la Parroquia, Danza Invisible o U2 se encargaron de demostrarme lo contrario. Que no sólo podía cantar lo que me gustaba sino que hacerlo gustaba a los demás.

El piano dio paso a la guitarra y mis quebraderos de cabeza para entender un instrumento versátil y puñetero, cuyo trastero no consigo aprenderme.

Amo la música. Amo y admiro a los músicos. Me parece digna de admiración la vida en la carretera, la inseguridad de no saber si tu trabajo gustará o no, si tu música será reconocida y si podrás tener suficientes bolos como para asegurar tu supervivencia económica.

La más abstracta de las artes, la más difícil de dominar (al menos en mi opinión), la que más sentimientos puede provocar. Adoro a gente como Javier Ojeda, capaces de reinventarse y de tocar palos distintos sin perder su personalidad. A una siempre emotiva y capaz de hacerme llorar como Soledad Jiménez, también reinventada y en constante camino. A guitarristas, pianistas, violinistas, poetas.

No quiero aburriros, solo mostraros que no entiendo la vida sin música.

viernes, 4 de julio de 2014

Asertividad, eufemismos y maneras de no decir las cosas



Estuvo un tiempo muy de moda la asertividad. La comunicación asertiva. Y como todo lo que se pone de moda degeneró. Mucho.
La definición que he podido leer y que más me convence es ésta: “Capacidad de expresar exactamente lo que se quiere, sin ánimo de insultar al otro y sin despertar en él sentimientos de miedo u hostilidad”
Si nos atenemos a esa definición de asertividad, se trata de una habilidad social para la que hay que ser bastante fino. Uno tiene que ser capaz de expresarse con la corrección justa como para decir lo que quiere decir, pero sin herir al otro. Afirmar su derecho y su capacidad de comunicarse y decir lo que quiere, pero sin vulnerar los derechos del otro. Ésta es una facultad que debería estar mucho mejor valorada, ya que por exceso, o por defecto, se pervierte el lenguaje o catalogamos como asertivo algo que no lo es.
El más habitual por excesivo suele ser el de “es que las verdades duelen, pero yo soy así”. Mira, pues no, tu lo que tienes es una sensibilidad nula y ganas de imponer la que tú crees que es tú verdad.
Sin embargo, lo más extendido es lo contrario. Nos hemos habituado a utilizar un lenguaje vacío, que no comunica, que dice cosas sin expresar nada, a prostituir vocablos y a suavizar cosas que no necesitan ser minimizadas.
Creo que el periodismo, sobre todo el visual, tiene mucha parte de culpa de esto. Resulta que en todas las noticias judiciales hay un “presunto”, aunque haya imágenes en las que se ve quién ha sido y cómo le clava un puñal a otro. Ése no es un presunto autor. Es el autor, y otra cosa diferente será que se le pueda condenar por ello o no.
De aquí a inventarse eufemismos de forma constante va solo un paso. Un eufemismo vendría a ser una manifestación mas suave de ideas que de otro modo podrían parecer duras o malsonantes. En resumen, que reblandecemos nuestra forma de hablar en una mala previsión de que el otro pueda sentirse ofendido por algo que todavía no hemos dicho. Le negamos al diálogo la capacidad de negociación, de aclarar lo que hemos dicho a través del debate, de la discusión sincera y tranquila, de los argumentos con hilo, de hablar con el otro aunque nos caiga mal haciendo esfuerzos por empatizar y ponernos en su lugar.
La consecuencia es que nos polarizamos. O nos convertimos en unos maleducados que nos creemos en posesión de la verdad, y para colmo llamamos maleducados a los demás, o somos unos vainillas que usamos un lenguaje pacato, blandengue, y acabamos poniendo diminutivos a todo como el Señor Flanders.
Me cuesta mucho asumir que la gente que se suponen a sí mismos como bien formados no use el lenguaje de forma precisa y correcta. Me asusta el nivel de errores que se publican con absoluta tranquilidad, fruto de las prisas y del no contrastar ni la información ni su continente.
Se puede ser asertivo y llamar a las cosas por su nombre. No hace falta ser un Quijote o ir por ahí de abanderado de los que intentan romper tabúes. Solo decir las cosas como son.
Saber envejecer es bello, no hace falta disfrazarlo de “tercera edad”. Un negro siempre será negro (y si toma el sol más), y no existe eufemismo más desafortunado que el de “persona de color” (porque el negro no es un color, es la ausencia de color). Pablo Iglesias o Podemos no son ETA, y ETA era ETA y no el Frente de Liberación Vasco.
Por lo menos al tal Grey, aunque sea infumable desde el punto de vista literario, le debemos que muchos ya sean capaces de decir “follar” sin pedir perdón, o sin la doble moral de leerlo y decirlo en privado pero recriminarlo en público.
El castellano es un lenguaje muy rico y cada vocablo tiene unas connotaciones u otras según se usen. Y en eso me empeño como ejercicio de seriedad y honestidad conmigo mismo.
Así os vais haciendo a la idea de mi forma de expresarme. Nada más, y nada menos.